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Religiosidad y aceptación de la muerte
 

El misterio de lo que sigue después de la muerte ha fascinado a la humanidad desde el comienzo de los tiempos. Unos, la mayoría, esperan resolverlo con la firme creencia en una existencia posterior, en alguna forma de reencarnación; los restantes, la minoría, consideran que en este asunto no hay misterio como tal y que esta actual parábola vital es su única oportunidad sobre la Tierra. Sería apenas de esperarse que, cuando la parca nos hace llamadas perentorias, los creyentes, cuya expiración es solo una parada casual de un recorrido más largo, deberían demostrar una mayor aceptación ante la muerte que los incrédulos ateos para quienes la extinción será total y definitiva ¿verdad? Pues no parece ser así, de acuerdo con un estudio realizado por Instituto Dana-Farber de Cáncer de Boston, Massachusetts, publicado recientemente en el Journal of the American Medical Association.

El estudio, efectuado entre los años 2003 y 2007, cubrió la evolución psicológica hasta su fallecimiento de 345 pacientes avanzados de cáncer; la supervivencia de estos enfermos durante la evaluación fue en promedio de 122 días. Para cada paciente los investigadores evaluaron diferentes variables psicosociales, espirituales y religiosas así como sus preferencias con respecto a los tratamientos avanzados drásticos y a los procedimientos médicos a utilizar durante los momentos críticos finales.   

El proyecto concluyó que la fe religiosa juega un papel importante en las decisiones de los pacientes en su extenuante lucha final contra el cáncer, inclinándoles hacia la aceptación de tratamientos intensivos y exhaustivos para la prolongación de la vida aunque tales medidas poco aumentaren sus probabilidades de supervivencia. Otra investigación, relacionada pero independiente, publicada en los Archives of Internal Medicine mostró que los pacientes más religiosos, no obstante recibir información sobre las bajas posibilidades de éxito de algunas de las tecnologías agresivas, se inclinaban por la utilización de tales procedimientos. Los pacientes menos creyentes, una vez instruidos sobre el tema, preferían resignarse a su suerte.

Dada la aparente inconsistencia de esta conclusión, resolví efectuar un limitado muestreo por Internet para “medir” la relación entre religiosidad y temor a la muerte mediante una encuesta que efectué a través de un blog. La encuesta fue respondida por 113 personas, la mayoría de las cuales se identificó como religiosa o muy religiosa (54%) y manifestó tener poco o ningún temor a la muerte (62%). (Es razonable suponer que los participantes en esta encuesta, en general, no sufrían de ninguna enfermedad grave).

Los resultados de mi evaluación —reconozco su alta dosis de informalidad y de margen de error— van en la misma dirección de la investigación de Boston: Los incrédulos parecen aceptar más y temer menos a su fallecimiento. La conclusión resumida de este análisis muestra que el porcentaje de la gente con temor alto o muy alto a morir es ocho puntos porcentuales más elevado entre las personas creyentes que entre aquellas irreligiosas (42% versus 34%).

No hay explicación inmediata para estos resultados paradójicos. El mismo estudio del Instituto Dana-Farber de Cáncer expresa la necesidad de investigaciones adicionales para dilucidar la asociación entre los dos comportamientos. La hipótesis aclaratoria que cada individuo proponga estará indudablemente afectada por sus propias convicciones. Los creyentes seguramente apelarán a la voluntad de Dios, hacedor y mantenedor de toda vida, para respaldar su intención de prolongar la existencia; los materialistas se enorgullecerán de su realismo ante la transitoriedad de todas las cosas.

La angustia de los pacientes terminales solo la conocen ellos y el miedo a la muerte “lejana” de una persona aliviada no puede compararse con el temor ante una partida inminente. Así que religiosos y ateos debemos pedir a Dios y al destino, respectivamente y cada grupo por su lado, que nos deparen —rezar y desear aquí son equivalentes— una muerte bien apacible (y sin tiempo para participar en estudios o encuestas).

Gustavo Estrada
Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE 
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