-- BUDISMO PRAGMATICO, HUMOR Y CIENCIA ---------------------------------------------------------- PRAGMATIC BUDDHISM, HUMOR AND SCIENCE

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¿Existe la felicidad?

Vaga y etérea es la felicidad. Los creyentes la buscan en el premio que otorgan seres espirituales; los avaros, en los bienes terrenales; los románticos, en el sendero del amor; los filósofos, en la sabiduría de la naturaleza; los artistas, en la belleza que les inspira…

Los biólogos investigan la felicidad en los diseños genéticos; los neurólogos, en las imágenes computarizadas de las áreas del cerebro donde tal vez se programa; los psicólogos cognitivos, los más sofisticados de todos, sugieren que la felicidad sería una consolidación cerebral de las vivencias que, como la salud, la alimentación, el emparejamiento y la seguridad, favorecieron nuestra supervivencia en los ambientes hostiles donde evolucionamos milenios atrás. ¡Qué horror! Si no sé lo que yo busco ¿cómo lo voy a encontrar?

El consenso desprevenido de la gente considera que la felicidad ha de ser duradera y más o menos permanente. La Real Academia Española parece estar en desacuerdo: “La felicidad es el estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien o el logro de un deseo”; los bienes son transitorios, los logros son fugaces, luego la felicidad es efímera. Más preciso me parece, para cerrar la lista de propuestas, el canta-autor argentino Atahualpa Yupanki, cuando dice que “la felicidad es un conjunto infinito de cuartos de hora”; usted será tan feliz, agrego yo, como cuartos de hora logre vivir contento.

La felicidad es pues ilusoria y yo desde hace tiempo me cansé de perseguirla. De acuerdo con el antropólogo y psicólogo norteamericano Donald T. Campbell, “la búsqueda deliberada de la felicidad es la receta segura para una vida miserable”. Por eso me gusta más la palabra “armonía”, la congruencia de nuestros factores físicos, mentales y emocionales que nos permite estar ecuánimes aún en la presencia de situaciones difíciles. ¿Qué opina usted?

Son varias las razones que respaldan mi preferencia. En primer lugar, a diferencia de la felicidad, la armonía no depende de cosas externas y conlleva, además de la calma interior, la conformidad con todo lo que nos rodea. En segundo término, la armonía sí puede y ha de ser permanente pues, en las adversidades inevitables, incluye la aceptación del sufrimiento y la ansiedad. Por último, la armonía es un estado natural y tiene más que ver con desistir de hacer cosas que con andar persiguiendo metas. “No se mueva tanto que usted ya está ahí”, escribió un maestro del Zen.

Años atrás, cuando yo aún creía en técnicas infalibles, pensamiento positivo y talleres renovadores, alguien me aseguró haber conocido al maestro oriental que sabía todas las respuestas. Sin pensarlo dos veces, me fui donde el mercadeado vidente tan pronto como me fue posible y, más rápido aún, me di cuenta de sus artimañas (que incluían turbante, media luz y veladoras). Pagados ya los “honorarios” ¡qué caramba! por varios minutos le seguí la corriente al adivino. Él debió advertir mi escepticismo burlón porque me interrogó con tono solemne: “¿Qué busca usted, señor?”. “Armonía”, contesté yo sin titubear. Y en su respuesta el charlatán tuvo un destello de sabiduría que pagó varias veces mi consulta: “Cuando alguien busca la armonía interior, la está perdiendo”.

Cada quien tiene su propio juicio acerca de qué es y de si existe o no la felicidad. Por supuesto que nunca alcanzaremos acuerdo. Si usted se inclina por hacerle caso a mi charlatán y suspende su búsqueda, quizás descubra un estado mental especial de ecuanimidad. ¿Armonía? ¿Felicidad? ¿Paz? La denominación no es importante.  O tal vez prefiera continuar su viaje, como lo recomienda T. S. Elliot. El poeta norteamericano va más allá y también le anticipa lo que usted ha a encontrar: “No debemos detener nuestra exploración; el final de la búsqueda será el retorno al punto de partida para que, por primera vez, lo conozcamos”.