Milagros, sanaciones y efecto placebo
Los milagros, definidos como intervenciones de poderes sobrenaturales, no existen. Si hay, en cambio, fenómenos extraordinarios que la ciencia aún no logra explicar y que puede que no lo consiga nunca. En el efecto placebo, uno de los mejores ejemplos de cosas todavía enigmáticas, se encuentra la raíz de la generalizada fe en curaciones milagrosas, sin importar si su motor es un santo, una virgen, una limpieza de aura, un chamán, un médium o una sanación pránica. La comprensión científica de este asunto está en pañales y poco se sabe en concreto acerca de su funcionamiento. Pero muchos centros de investigación están sobre la jugada y ya hay algunos progresos. La simple idea de activar controladamente el efecto placebo cuando un enfermo lo necesite le resulta fascinante a la ciencia. ¡Sólo imagínense la posibilidad de milagros a domicilio con garantía del proveedor!
El psicólogo inglés Nicholas Humphrey sugiere un modelo muy interesante que asimila las defensas del cuerpo a un presupuesto de gastos. Según Humphrey, nuestro organismo tiene un sistema administrador de defensas, una especie de gerente (aunque no banquero, por supuesto) o de ministro de guerra, que ante cada “invasor” —virus, bacteria, cuchillo— decide la cantidad de recursos que le va a dedicar al caso. Como se mantiene muy ocupado y los recursos son limitados (aunque abundantes), el gerente debe a todo momento evaluar la inminencia y el riesgo de cada caso, asignar prioridades y distribuir capacidad protectora. Lo que haría el efecto placebo, si esta teoría fuera cierta, es estimular reasignaciones presupuestales de defensa siguiendo las instrucciones del subconsciente del paciente, quien a todas éstas no sabe que lo están engañando. Si ocurren tres cosas —todavía hay fondos disponibles, el “gerente” autoriza el gasto a tiempo y el enemigo todavía es manejable—, el enfermo se recupera. En caso contrario, el placebo se hace el bobo y nada sucede
Por su misma naturaleza, la verificación experimental del efecto placebo y del modelo Humphrey resulta bastante difícil. No obstante, algunas cosas ya comprobadas del efecto placebo no entran en conflicto con el planteamiento del psicólogo británico. En primer lugar, la homeóstasis, la característica de todo organismo vivo para mantener internamente una condición estable, se encarga de manejar exitosamente la gran mayoría de los agentes perturbadores del equilibrio natural. Gracias a la homeóstasis, la casi totalidad de los problemas de salud se resuelven sin intervención externa, mucho antes de llamar al médico o al brujo. De hecho, éstos casi siempre se apropian de los méritos curativos de la homeóstasis.
En segundo lugar, mediante la utilización de la tecnología de imágenes en experimentos controlados, se conoce que el núcleo accumbens, una región que desempeña un papel importante en el manejo de las recompensas y los placeres, es una de las áreas del cerebro que está involucrada en el efecto placebo. Los neurólogos han identificado que, cuando una persona responde positivamente a un tratamiento, su núcleo accumbens genera dopamina, un neurotransmisor que le aplaca el dolor del paciente, el síntoma más penoso de cualquier enfermedad.
Por último, y esto es una condición de procedimiento también verificada en experimentos, el paciente no puede enterarse de la artimaña a la cual está siendo sometido (la sustancia inerte, la cirugía fingida) o tiene que tener fe en ella (sea un santo o un hechicero). Si ninguna de estas dos cosas ocurre, otra vez el efecto placebo se declara en huelga.
Yo no creo en fuerzas sobrenaturales ni en poderes paranormales. Definitivamente en este territorio pertenezco a la “inmensa” minoría racional y escéptica que, según mis amigos devotos, puede resultar desfavorecida en caso de una emergencia médica que requiera de una curación milagrosa. Sin embargo, para que después no me califiquen de incrédulo recalcitrante, yo sí creo que mi organismo posee una capacidad homeostática, que incluye los mecanismos del placebo, para buscar y mantener un equilibrio saludable. También creo que la ansiedad, la preocupación y el estrés, además de los virus, las bacterias y los políticos, tienden a sacarnos de ese equilibrio. Creo que la paz interior y la armonía, tan perturbadas en mi caso por el ruido mental permanente, son causa y consecuencia del mismo equilibrio. Y, por último, creo que la práctica de la meditación —al igual que la oración meditativa de los creyentes— refuerza la homeóstasis y le asigna partidas adicionales al presupuesto de Humphrey. Inevitablemente, y esto ya no es creencia sino vivencia permanente (o más bien, “muriencia” diaria), en algún momento los recursos para combatir a los invasores terroristas se nos van a agotar. Y allí ya no habrá ni homeóstasis que equilibre ni placebo o santo que sane. Entonces… “so long farewell, auf weidersehen, good-bye”. (¡Ah! Casi se me escapa escribirlo: También creo que la aceptación de nuestra transitoriedad absoluta —sin renacimientos ni reencarnaciones— aumenta generosamente tanto nuestro presupuesto de defensa como la efectividad de nuestro ministro de guerra).