-- BUDISMO PRAGMATICO, HUMOR Y CIENCIA ---------------------------------------------------------- PRAGMATIC BUDDHISM, HUMOR AND SCIENCE

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Dos características hacen siempre más sensacional cualquier noticia: el drama —el suspenso, la intriga, la sangre— alrededor de los acontecimientos y el renombre de las personas involucradas. En promedio, cuatro personas terminan con su vida en Holanda cada día mediante la eutanasia —la acción que acelera la muerte de pacientes desahuciados o que están padeciendo dolores insoportables— pero, en general, estos suicidios asistidos pasan inadvertidos; casi nadie habla de ellos.

Pero si en el evento hay drama y hay renombre, los medios despliegan la noticia y emiten todo tipo de juicios sobre ella. Así ocurrió con la reciente decisión de Sir Edward Downes y de su esposa Joan, casados durante 54 años, para acabar con sus vidas en una clínica de Zúrich, Suiza. Él, de 85 años, casi totalmente ciego y avanzadamente sordo, fue un destacado director de orquesta inglés; ella, de 74 años, padecía un cáncer irreversible y había sido una reconocida bailarina de ballet.

Muy pocos países —Holanda, Suiza, Bélgica, Luxemburgo, Tailandia— y solo Oregón y Washington en los Estados Unidos aceptan alguna forma de eutanasia y, en cada caso, con reglamentaciones bastante específicas. Holanda la permite para las personas con padecimientos inmanejables; Suiza la acepta mientras no haya beneficios económicos para alguien; Oregón requiere dos conceptos médicos que estimen una expectativa de vida inferior a seis meses.  

La clínica de Zúrich donde acudieron Sir Downes y su esposa —en Inglaterra la eutanasia no es permitida— pertenece a una fundación denominada Dignitas. La muerte ocurre por ingestión de barbitúricos y los momentos definitivos son filmados como constancia de la decisión autónoma de los pacientes que, en caso de ponerse en duda, podría llevar a potenciales litigios. El número de extranjeros, la mayoría alemanes, que acuden a Dignitas con este irreversible destino es creciente, unas cien personas durante el último año. Otra organización denominada EXIT, que solo funciona con nacionales suizos, opera de forma parecida a Dignitas. (En términos comerciales profanos, Dignitas se encarga de las exportaciones y EXIT maneja el mercado local). El precio de cada eutanasia es de nueve mil dólares —los ingresos por este concepto van a obras de caridad— y, con mucho humor negro, los críticos de la clínica de Dignitas se refieren a su actividad como el “turismo de la muerte”.

Las noticias como la muerte de los esposos Downes reviven las controversias alrededor del suicidio asistido y de la ética de las organizaciones o de las personas que proveen tan funesto y funeral servicio. Para criticar a estas últimas siempre habrá consideraciones de sobra. Pero, en cuanto a los actores principales, yo creo que nadie puede comprender íntimamente el dolor físico ni el sufrimiento emocional de quienes, con tales dosis de valor —¿Racionalidad? ¿Equilibrio? ¿Consciencia? ¿Cabalidad?— se aproximan tan tranquilamente a la muerte.  

La enfermedad de la señora Downes era terminal; no así la de su cónyuge. La dependencia de su esposa iba mucho más allá del apoyo físico; simplemente él no quería separarse de ella. Igualmente conmovedor, tres décadas atrás, fue el programado suicidio del escritor húngaro-inglés Arthur Koestler, de 78 años, y de su esposa Cynthia, 23 años menor que él, en 1983. Aquel sufría entonces de gravísimas e incurables dolencias; ella, en cambio, disfrutaba de razonable salud. Un apunte escrito nueve meses antes de su suicidio, evidencia en grado sumo la premeditación de Koestler: “Los barbitúricos que utilizaré los he obtenido legalmente, acumulándolos poco a poco desde hace tiempo”. Y termina diciendo: “Lo que hace duro este paso final es el dolor que, por encima de todo, causaré a mi esposa. Es a ella a quien debo la relativa paz y felicidad que disfruté, como nunca antes, en la última parte de mi vida”.     

Lo que escribieron él y ella algunos meses después, en una especie de postdata, constituye la parte más dramática de la historia. Dice el escritor: “Después de completar la nota anterior en junio pasado, mi esposa decidió que, tras 34 años trabajando juntos, ella no podría enfrentar la vida después de mi muerte”. El último párrafo, que bien podría ser de Shakespeare, pertenece a Cynthia: “Temo a la muerte y al acto de morir que sigue. Sin embargo, yo no puedo vivir sin Arthur. No me atrae un doble suicidio pero ahora sus enfermedades han llegado a un punto en el que no queda nada distinto por hacer”.

Dramas extremos como los de los Downes y los Koestler, resumidos en esta nota, son para que cada lector los cierre mentalmente con sus propias divagaciones; en la cabeza de cada cual abundaran sentimientos dispersos y quizás encontrados. En la mía la conclusión, aunque incompleta, es bastante simple: No veo muchos enigmas en la muerte; es en la vida misma donde se halla realmente la gran interrogación. No hay misterio alguno cuando un motor se detiene; el verdadero misterio es cómo arrancó sin que nadie lo encendiera.
 
Gustavo Estrada
Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE 
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