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La espiritualidad sin Dios

El sentido de las expresiones cambia con el tiempo. Recordemos, a manera de ejemplo, lo que hasta hace algún tiempo querían decir y lo que ahora significan los términos «matrimonio», «liberal» y «sustancias ilícitas». La palabra «espiritualidad», aceptada generalmente como la cualidad de los seres inmateriales (Dios, alma, ángeles…) y la conexión de naturaleza sagrada con tales seres, es otro ejemplo de la evolución semántica. La definición moderna de espiritualidad (o la definición de moderna espiritualidad), con la cual yo concuerdo, es la de Jason Lanier, el científico norteamericano de la computación y uno de los pioneros de la «realidad virtual»: «Espiritualidad es nuestra relación emocional con las preguntas que no tienen respuesta». Dentro de este contexto bien cabe la «espiritualidad atea».

El alma del ateísmo: Introducción a una espiritualidad sin Dios (título en inglés: The little book of atheist spirituality) del filósofo contemporáneo francés André Comte-Sponville nos da luces sobre estas paradojas. ¿Qué es esto del alma del ateísmo? ¿Cómo puede haber espiritualidad sin Dios? ¿Tienen tan contradictorios títulos algún sentido? La respuesta del autor es afirmativa y reconfortante, además de razonada y espiritual. La porción lógica de la respuesta —la razonada— la constituye un análisis admirable del tema respaldado por un detallado estudio de numerosas obras de filósofos, sabios y santos. Las oportunas y concatenadas citas que hace de todos ellos son de una riqueza inagotable. La porción mística —la espiritual— es la experiencia contemplativa del escritor, narrada de una forma que encontré sería y convincente.

El alma del ateísmo responde en sus tres capítulos a respectivas serias preguntas: (1) ¿Podemos vivir sin religión? (2) ¿Existe Dios? (3) ¿Puede haber una espiritualidad atea? A las tres interrogaciones Comte-Sponville contesta categóricamente con correspondientes aclaraciones en cada caso. A la primera pregunta el filósofo responde: Sí, sí podemos vivir sin religión pero no podemos vivir (o no debemos hacerlo) sin sentido comunitario ni sin fidelidad a un conjunto de principios ni sin amor. Comunidad, fidelidad y amor son tres características implícitas en la mayoría de las religiones.

A la segunda pregunta el escritor contesta: No, Dios no existe, y respalda su negación con un análisis racional de las distintas aproximaciones argumentales de la existencia de un Principio Divino a lo largo de la historia. Comte-Sponville se confiesa ateo pero acepta que su raciocinio puede estar errado y que una respuesta contundente a la realidad o la inexistencia de Dios nunca la tendrá el ser humano.

Para la tercera pregunta, el tema central del libro, el pensador afirma: Sí, sí se puede ser espiritual sin creer en una Divinidad; lo importante, según el escritor, no es ni Dios ni la religión ni el ateísmo sino la vida espiritual. Dice el filósofo francés: «El espíritu no es una substancia sino más bien una función, una capacidad, un acto —la capacidad y el acto de pensar, desear, imaginar, de hacer cosas inteligentes—. Esta capacidad y este acto —este espíritu— son irrefutables porque para refutarlos se necesita utilizarlos». El espíritu como substancia, a más de intangible, es fácilmente controvertible.

¿Qué es espiritualidad entonces? Escribe el autor: «Somos seres limitados que nos abrimos a lo infinito, seres efímeros que nos abrimos a lo eterno, seres relativos que nos abrimos a lo absoluto. Esta apertura es el espíritu mismo». Y cierra hacia final en el epílogo del libro, con frases muy semejantes: «Espiritualidad es nuestra conexión finita con lo infinito, nuestra experiencia temporal de lo eterno y nuestra aproximación relativa a lo absoluto».

El alma del ateísmo es una obra excelente. Para quienes sufren de resistencia a los tratados abstrusos y voluminosos de filosofía el libro es, además de interesante y fácil de leer, breve. El tema es cubierto con una amplia erudición y con un profundo respeto hacia los creyentes (cosa que no hacen otros ateos famosos como Richard Dawkins y Sam Harris). Temprano en su escrito el autor pone de presente que lo religioso y lo sagrado no necesariamente tienen que involucrar creencias metafísicas. El Buda, Confucio y Lao-Tzu no solo no se consideraron ellos mismos dioses o enviados sino que no se identificaron con ninguna deidad ni con ninguna forma de trascendencia. En consecuencia, el budismo, el confucianismo y el taoísmo, en sus formas puras y originales, tuvieron más que ver con prácticas de vida que con rituales, más con meditación que con declaraciones de fe. Percibo una notable influencia budista (o, como mínimo, una similitud de doctrina) en el pensamiento de André Comte-Sponville. Dentro de estas filosofías antiguas es pues posible ser «religioso» sin ser necesariamente deísta; la espiritualidad atea, que ya se manifestaba en los sabios de hace veinticinco siglos, está lejos entonces de ser contemporánea.

En conclusión: Cinco estrellas para El alma del ateísmo; es una explicación meridiana de la espiritualidad de Jaron Lanier, moderna como definición actualizada pero milenaria como característica humana.

 
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