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Felicidad

Cierro este capítulo con el tema de la felicidad, un concepto acerca del cual, por su ambigüedad e indefinición, los humanos posiblemente nunca diremos la última palabra y sobre el cual, por su aparente sencillez, todos ofrecemos opiniones y pretendemos sentar cátedra. «El hombre sufre porque no sabe que es feliz», escribe Tolstoi. Yo diría que el hombre sufre porque está intentando encontrar algo que no sabe qué es.

Cosa vaga y difusa es la felicidad[1]. Los profetas buscan su causa en los seres metafísicos que la otorgan como premio; los románticos, en el amor que debe llevar a ella; los filósofos, en la sabiduría de la naturaleza; los biólogos, en los diseños genéticos que la programan y, más recientemente, los neurólogos, en las imágenes computarizadas del cerebro que señalan los centros nerviosos donde tal vez ocurre.

Con Steven Pinker como vocero, la psicología cognitiva tiene también su propia teoría sobre la felicidad, aunque para explicarla requiere de varios verbos condicionales. De acuerdo con su interpretación, la felicidad parece ser la reflexión sobre los estados que favorecerían una buena forma física y emocional para la supervivencia individual y de la especie, en los ambientes hostiles donde evolucionamos centenares de milenios atrás. Dice Pinker[2]:

 

Somos más felices cuando estamos saludables, bien alimentados, descansados, seguros, prósperos, adiestrados, respetados, emparejados y amados, estados todos estos que favorecen la reproducción; la función de la felicidad sería entonces empujar la mente para que busque las llaves del bienestar darwiniano.

 

Hay nueve adjetivos en la definición; la cantidad requerida de cada uno de ellos para encender la felicidad —cuánta salud, cuántos alimentos… cuántas parejas, cuánto amor— depende de cada persona. Las posibles combinaciones de valores para las nueve variables son descomunales; una definición que de allí provenga estará totalmente colmada de incertidumbre.

Dependiendo de los componentes de sus propensiones y de qué tanto cada uno las haya controlado o dejado crecer, los obsesivos de la salud buscarán la felicidad en cuanta dieta o receta encuentren; los glotones, en la comidas; los perezosos, en el ocio; los miedosos, en las precauciones; los avaros, en el dinero… y así sucesivamente. La ciencia no va a llegar a ninguna conclusión.

Parece que el Buda anticipa esta incapacidad. Aunque las palabras «felicidad» y «feliz» aparecen en las traducciones de varios apartes de la División de narraciones y numerosos pensadores budistas también utilizan tales términos, lo que Siddhattha Gotama anuncia en su camino noble no es el logro de la felicidad sino la eliminación del sufrimiento.

Miremos un fragmento del Canon Pali donde aparecen «feliz» y «felicidad»; yo cuestiono esos términos y concluyo que no es a ellos que el Buda quiere referirse. En casi todas las traducciones de La senda de las Enseñanzas, el capítulo 15 se titula Felicidad y sus frases iniciales (versos 197-201) contienen el siguiente mensaje:

 

Felices en verdad vivimos, libres de hostilidad, en medio de personas hostiles. Felices en verdad vivimos, libres de pasiones, en medio de personas apasionadas. Felices en verdad vivimos, libres de avaricia, en medio de personas avarientas. Felices en verdad vivimos, nosotros que nada poseemos; dispensadores de alegría seremos como dioses radiantes. La victoria trae consigo rencor; el derrotado vive en el dolor. Felices viven los pacíficos, desechando victoria y derrota.

 

Yo sugiero que donde los textos dicen «felicidad» y «felices» el Maestro intenta decir «armonía» y «armonioso» respectivamente. Alguien puede estar en armonía —equilibrado, conforme— en medio de la hostilidad, la avaricia, la miseria o la derrota, pero no, definitivamente no, pleno de felicidad. En este texto, «armonía» hace más sentido que «felicidad» y «armonioso» encaja mejor que feliz.

La armonía es alcanzable y puede ser permanente; los instantes de desarmonía no alteran un estado general de equilibrio y conformidad. La felicidad, en cambio, como nos la imaginamos todos, es ilusoria y puntual. Los placeres —éxitos, conquistas, ganancias— son de corta duración, mientras que los golpes de la mala fortuna —fracasos, rechazos, pérdidas— afectan negativamente mucho más allá del evento mismo[3].



[1] En la búsqueda de esa noción abstracta e indefinible que es la felicidad aparece toda una variedad de engañosos y tortuosos apéndices. Uno de los más populares es el denominado «pensamiento positivo», la idea de que las cosas buenas que visualizamos claramente en la mente (aquellas que nos harán felices) tienden a materializarse. (Por allá también anduvo el suscrito). Karen Armstrong, la escritora británica y erudita en religiones monoteístas, sostiene en su biografía del Buda —Karen Armstrong, Buddha (New York: Penguin Putman Inc.) 2001— que el pensamiento positivo lleva al individuo a enterrar la cabeza en la arena para ignorar la realidad del sufrimiento.

[2] Stephen Pinker, How the Mind Works (New York: W. W. Norton Company) 1997.

[3] La mejor definición de la «indefinible» felicidad se la escuché al canta-autor argentino Atahualpa Yupanki (1908-1992) durante una entrevista televisada en los años setenta. “La felicidad es un conjunto infinito de cuartos de hora”, dijo Yupanki entonces. Con esta acepción, «felicidad» y «armonía» son ciertamente sinónimos.