Fe y ciencia
Hace años una estudiante de ingeniería me contó que todos los alumnos en su religiosa universidad tenían que tomar una asignatura denominada “Propedéutica de la fe”. Yo no sabía ni entendía —y ella tampoco— el significado de tan grandilocuente vocablo pero sí tuve la certeza de que el ejercicio de la fe necesitaba una dosis alta de esa materia. ¿Y cómo llegué a tal conclusión? Fue simple porque, a diferencia de la ciencia y la ingeniería que demandan conocimiento y análisis, el dominio de la religión y la fe son las cosas que no se entienden.
La ciencia nace y crece en las neuronas cerebrales. ¿Sucede lo mismo con la religión? Parece que no. La diferencia abismal de antigüedad entre los primeros desarrollos científicos y las primeras manifestaciones religiosas sugiere que la fe tiene un origen genético. Las creencias metafísicas, de donde arranca la fe, tienen aproximadamente la misma edad del Homo sapiens, unos ciento sesenta milenios. Hay hallazgos arqueológicos que así lo confirman. Las ciencias, por otro lado, son mucho más recientes y su decana, la astronomía, tiene apenas cuatro mil años. Definitivamente nuestros remotos antepasados se demoraron mucho para comenzar a ejercitar la razón.
El origen genético de la fe nos convierte pues en “condenados para creer”. Bruce Hood de la Universidad de Bristol sostiene que la necesidad de buscarle orden y sentido a un universo incomprensible pudo llevar al hombre en el remoto pasado (y bien puede seguirle llevando ahora) a formar creencias que van más allá de cualquier explicación natural. El psicólogo experimental inglés le agrega un importante ingrediente al asunto: “Las creencias (sobrenaturales) son esenciales para aglutinarnos como sociedad… y pueden ser parte de la naturaleza humana el vernos conectados mutuamente en este nivel más profundo (y menos racional)”.
La remota codificación genética de la fe parece permanecer intacta y las neuronas del hombre moderno siguen recibiendo las mismas instrucciones que las de su remoto antepasado: “Siga creyendo, amigo; no se preocupe de manera alguna por entender”. ¿No es esto lo que hacemos cuando encendemos el televisor sin tener noción alguna de cómo funciona?
Los ateos no están nada contentos con estas hipótesis que los llevarían a rebelarse contra su ADN como gay que se niega a salir del closet. La lógica, en la cual ellos se sienten fuertes, puede terminarles demostrando que la fe es una característica normal de nuestra naturaleza. La sola posibilidad de que esto sea cierto se les está volviendo un Código de Da Vinci, en el cual la predisposición innata a la fe debe mantenerse en secreto como el matrimonio de Jesús con la Magdalena. Esta nueva clase de “aringarosas” (¿se acuerdan del monseñor asesino?) no comprende realmente la evolución sino que tiene fe en ella y cree en un no “dios” que tiene que escribirse con minúscula.
Pero también hay devotos muy aburridos. “¿De modo que son mis genes (y no mis neuronas, mi cerebro o mi inteligencia) los que regulan mis ritos y me definen mis dogmas?” La confusión se hace mayor porque la “bendita” genética les da instrucciones para creer pero no les proporciona pistas sobre el objeto de su creencia. ¿Jesús? ¿Mahoma? ¿Moisés? ¿Gregorio Hernández? ¿La vidente del barrio? “!Ay Diosito! ¡Por favor, ilumíname!”
No hay diálogo posible entre religión y ciencia; las partes no hablan el mismo idioma. Steve Jones, profesor de genética de la Universidad de Londres, recomienda reconocer la imposibilidad de la comunicación y respetar la diferencia de territorios. Dice el biólogo británico: “La discusión entre religión y ciencia es como pelea de tiburón con tigre. Ambos son bestias muy poderosas pero cada una en su propio enclave. Cuando la religión llega al territorio de la ciencia, siempre pierde. De vez en cuando la ciencia trata de entrar en el territorio de la religión y también pierde. Ninguna de las dos sabe cómo es la lucha en el ambiente de la otra”.
La fe seguirá pues haciendo su trabajo, unas veces útil, otras veces dañino, hasta cuando la misma selección natural (supongo que tanto genética como cultural) la lleve a desvanecerse después de siglos. La ciencia puede estudiar las religiones como fenómeno cultural sin tomar partido a favor o en contra de ellas. Y las religiones, con la gran variedad de conflictos por resolver entre ellas, tienen ya suficientes problemas. Dejen pues tranquilas a la investigación y no intenten introducir el método científico donde bien se sabe que no cabe.
Y cerremos el tema del primer párrafo. Cuando supe finalmente qué era la propedéutica —el conjunto de saberes y disciplinas que se requiere para adentrarse en algún estudio— concluí que mi ignorancia de tiempo atrás estaba bastante correcta: Un ingeniero —matemático, racional, práctico— que se vea obligado a desarrollar su fe, necesita de una dosis muy elevada de una propedéutica que lo retire del territorio de la ciencia mientras reza. Con ese enfoque, también lo dice Steve Jones, cualquier cristiano bien puede “creer” en la evolución y cualquier ateo, digo yo, respetará pacíficamente las creencias de los devotos.