La tercera característica de los fenómenos dictamina la naturaleza material de todas las cosas y de todos los fenómenos —seres vivos incluidos—; la impersonalidad especifica que no existen esencias espirituales —ni temporales ni eternas— asociadas con los eventos físicos. Con respecto al universo como un todo, la impersonalidad establece la inexistencia de un gran ser metafísico omnipresente, omnipotente y sempiterno (el Dios del monoteísmo). Con relación a los seres vivos (entre ellos, por supuesto, los seres humanos), la impersonalidad excluye la existencia de espíritus o almas inmateriales. En su definición de la impersonalidad, el Buda se anticipa notablemente al pensamiento moderno, la mayoría de cuyos exponentes —filósofos, físicos, biólogos— se inclina por la hipótesis de un cosmos esencialmente material.
Expandamos la tercera característica desde las perspectivas divina (un Gran Espíritu) y humana (innumerables espíritus individuales). La impersonalidad con relación a un principio supremo es secundaria
dentro de las Enseñanzas. No existe exactamente la palabra Dios en el idioma pali. Las referencias del Canon Pali a una entidad superior única o a una realidad absoluta toman prestada la palabra correspondiente del vedismo, la antigua religión de la India y la precursora de las distintas creencias y tradiciones del hinduismo. Aunque el concepto de Dios es accesorio para el Perfecto, cabe anotar que sí aparecen en la División de narraciones múltiples referencias a dioses menores o seres celestiales que viven en lugares felices y son normalmente invisibles para los humanos. Estas referencias, como ya lo mencioné, son alegóricas y el Buda no demanda en ninguna parte el deber o la conveniencia de creer en estos entes inmateriales.
La gran mayoría de los investigadores modernos de todas las ramas del pensamiento son ateos, agnósticos o desvinculan a su Dios (a diferencia de las religiones occidentales) de cualquier entidad antropomórfica que tome partido, intervenga en los asuntos humanos, haga favores a sus preferidos, persiga a los infieles o imponga castigos a los trasgresores de sus reglas. Albert Einstein pertenece a este último grupo; en su interpretación, Dios no es una persona distinguible y discernible. Más como filósofo que como científico, el eminente físico cuestiona la devoción convencional cuando expresa:
Mi religiosidad es una humilde admiración de un espíritu infinitamente superior que se revela en lo poco que, con nuestro entendimiento limitado y transitorio, podemos comprender de la realidad. La moral es de la mayor importancia —pero solo para nosotros, no para Dios—. Yo creo en el Dios del filósofo holandés Baruch Spinoza que se manifiesta en la armonía de todo lo que existe, pero no en un dios que se ocupa él mismo del destino y de las acciones de los seres humanos. Como sucede con toda noción abstracta, la afirmación o negación de la divinidad depende de la acepción que cada persona le dé al vocablo. Definido como la armonía del universo, Dios existe y es el Orden Na
tural intrínseco, el superconjunto de todas las leyes de la naturaleza. Definido como gobernador, gendarme y juez, Dios no existe, no puede existir, y carece de cualquier significado. (Las personas de la clase numerosa que creen en este dios —la minúscula es intencional— y, además, tienen relación directa con él, constituyen, en su aparente humildad, una mezcla curiosa de soberbia y obnubilación: «Soy tan especial que el Todopoderoso siempre está pendiente de mí»).
Quienes afirman que las explicaciones de la ciencia nunca serán suficientes para comprender los misterios del universo y, en consecuencia, rechazan el ateísmo y creen en un alguien superior, encuadran en dos categorías. Los primeros «asimilan» el Orden Natural a Dios: Dios es un principio eterno, una fuente inconmensurable, una causa «incausada», pero no, desde ningún punto de vista, un ente antropomórfico. Los segundos sostienen que las leyes de la naturaleza son «decretadas» por Dios, quien «programa y ejecuta» el big bang y se desentiende luego del asunto; para estos Dios existe y organiza el cosmos, los cómo y los porqué no interesan. Por otra parte, quienes se inclinan por la posición materialista, ven en el orden natural (con minúscula ahora) al conjunto de principios que rige, desde siempre y para siempre, todos los fenómenos del universo.
Es de común aceptación entre los eruditos de las religiones (sin que haya unanimidad) que el budismo es una doctrina atea. Aunque la «impersonalidad del universo» apoya esa aseveración, el Buda no es terminante con respecto a ella. Todas las especulaciones sobre la realidad o irrealidad de una divinidad, bien caben dentro de las discusiones inútiles sobre las opiniones incorrectas e innecesarias que Siddhattha recomienda evitar.
Con el alma o esencia eterna, la cosa es distinta. A diferencia de su neutralidad —o su indiferencia— con respecto a la existencia de Dios, la impersonalidad en la naturaleza humana es una aseveración contundente del Buda. Retorno de nuevo a la inteligencia de Albert Einstein cuando expresa abiertamente su acuerdo con la doctrina de no-alma:
No podría concebir la idea de un individuo que sobrevive a su muerte; dejemos que las mentes frágiles, por miedo o por egoísmo absurdo, acaricien tales divagaciones. Yo estoy satisfecho con el misterio de la eternidad de la vida y con la consciencia y la visión de la maravillosa estructura del mundo existente, junto con una devota dedicación para comprender una porción, así sea muy pequeñita, de la Razón Divina que se manifiesta en la naturaleza. El concepto del alma humana comienza a evaporarse en el pensamiento moderno cuando Charles Darwin publica en 1859 su teoría de la evolución de las especies y nos aclara con brillantez incomparable que no fuimos creados en nuestra forma actual. Para la aceptación generalizada de la nueva hipótesis transcurrieron cien años. Y para que la naturaleza de toda forma de vida fuera reconocida como un fenómeno estrictamente biológico fueron necesarios los asombrosos descubrimientos de la genética en la segunda mitad del siglo XX.
La opinión del mundo científico actual es casi unánime: no hay una esencia etérea dentro, detrás o al lado de nuestro cuerpo (o del de cualquier otro ser viviente; recordemos que el vedismo, la religión de la India predecesora del budismo y del hinduismo, cree en el alma de los animales). No hay un fantasma en o detrás de la máquina, según la expresión del filósofo inglés Gilbert Ryle (1900-1976), un fuerte crítico del dualismo cartesiano . Tampoco en las Enseñanzas del Buda existe una división, ni identificada ni presumida, entre una parte inmaterial y una parte corporal. El ser humano es una entidad esencialmente material y la vida, en sus diversas expresiones, sean hongos, plantas o animales, está regulada por principios físicos y bioquímicos (muchos no suficientemente comprendidos aún).
Siddhattha Gotama llega a sus conclusiones intuitivamente, por conocimiento inmediato, y no por el camino de los laboratorios y la academia. El Perfecto resalta en sus discursos dos hechos que, según él, confirman la inexistencia de un alma inmortal o una esencia perdurable. En primer lugar, el alma, si existiera, estaría por encima de las limitaciones de la existencia material, no debería ser susceptible o proclive al sufrimiento —un ente inmaterial no padece sufrimiento y, mucho menos, dolor— y, siendo que el sufrimiento siempre existe como posibilidad para los seres vivos, el alma debería ser invulnerable al mismo. Como todos los cinco agregados de la individualidad son, en sí y por sí mismos, propensos al sufrimiento y soportan (o están propensos a soportar) dolor físico o angustia mental, ninguno de ellos puede conformar, como parte o como un todo, un ente esencial perdurable. En segundo lugar, los agregados de la individualidad son efímeros y el alma —al ser permanente, eterna e inmutable, de acuerdo con su definición hipotética— tampoco puede estar constituida por agregados transitorios, temporales y sujetos al cambio. Las partes de una entidad eterna no son, no pueden ser, efímeras.