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Unidad mente-cuerpo

El primer corolario de la impersonalidad es la ilusión del «yo», el tema de la sección anterior; el segundo es la unidad mente-cuerpo, el tema de esta. Comienzo con la posición actual de la ciencia: todo ocurre en el cerebro; «somos nuestro cerebro», dice el neurólogo colombiano Rodolfo Llinás. «Usted, sus alegrías y sus tristezas, sus memorias y sus ambiciones, su sentido de identidad personal y de libre albedrío, no es, de hecho, más que el comportamiento de un inmenso ensamblaje de sus células nerviosas y de las moléculas asociadas», escribe el científico inglés Francis Crick (1916-2004), codescubridor de la estructura del ADN. La expresión «estar vivo», referida a un ser humano, es sinónimo de actividad cerebral y tiene un significado más exigente que en las demás especies biológicas. Nuestro cerebro dirige, controla y coordina la totalidad de lo que nos hace animales y de lo que nos hace racionales.

En el mundo moderno, la cesación total e irreversible de la actividad cerebral es la definición más aceptada para que médicos y jueces dictaminen formalmente la muerte de una persona. A alguien en coma cerebral es posible sostenerle alguna apariencia de vida mediante bombas, alimentadores o ventiladores. Con una buena dosis de fe, pueda quizás decirse que este arreglo de órganos y máquinas permanece vivo —vegetativo, puesto que sus células continúan reproduciéndose, es una expresión más descriptiva de tal estado—, pero llamarlo humano es definitivamente incorrecto.

La ausencia de actividad cerebral es la ausencia de la característica fundamental y diferenciadora del ser humano, porque todo nos ocurre en, por y a través de nuestro cerebro. Lo que hacemos de manera consciente —escuchar, observar, sumar, caminar—, de manera involuntaria —divagar, reír, soñar, preocuparnos— o de manera refleja —sudar, asustarnos, llorar, excitarnos— es allí dirigido y controlado. Las acciones de todos los verbos para los que somos sujetos activos u objetos pasivos comienzan, se analizan o se registran en nuestro órgano mental. Todo lo que damos por cierto, sea de manera racional —la aritmética, la geometría, la física— o porque simplemente lo creemos, así no tenga fundamento sensato alguno —los seres inmateriales, los poderes paranormales, la astrología—, proviene de interacciones electroquímicas entre nuestras neuronas, las células del sistema nervioso. También en el cerebro se producen todos los estados mentales —entristecernos, alegrarnos, apegarnos, odiar—, así apenas estemos comenzando a comprender los mecanismos que regulan tales estados. Cuando el cerebro detiene su actividad, ya no somos; solamente estamos (o hay algo que está).

Aunque durante los años recientes ha habido progresos extraordinarios de la ciencia, la comprensión del funcionamiento del cerebro humano es aún muy incipiente. Cada respuesta a la forma como sucede algo en nuestra cabeza genera de inmediato docenas de nuevos interrogantes. Los neurólogos sí saben, para no demeritar los grandes éxitos recientes, cómo se mueven los datos y las órdenes entre las neuronas. La forma común de comunicación interneuronal ocurre mediante señales eléctricas transmitidas, moduladas o amplificadas a través de neurotransmisores, unas sustancias químicas producidas y almacenadas en cada neurona. Las señales, en forma de cargas o iones positivos, le ordenan a la neurona receptora disparar nuevas señales a sus vecinas, con la orden perentoria de continuar la cadena en forma de cascada, o sea, repitiendo el mensaje a terceras neuronas, para que estas continúen con una serie propagadora hasta el órgano donde se ejecuta la labor requerida. El flujo de iones va cargando positivamente a las neuronas receptoras, hasta cuando eventualmente estas alcanzan un límite dado de carga que dispara la retransmisión de la señal.

Pero no todos los impulsos ordenan nuevos disparos de mensajes. Por el contrario, muchos impulsos le exigen a la neurona vecina que se quede quieta y callada y que suspenda toda actividad. Esto ocurre mediante un flujo de iones negativos, que aumentan la carga negativa o bien disminuyen la carga positiva de la neurona receptora, eliminando o reduciendo la posibilidad de iniciar o continuar una acción. Las neuronas que generan mensajes del primer tipo, aproximadamente el ochenta por ciento, se denominan excitadoras o activadoras; las que producen mensajes de los del segundo tipo, el otro veinte por ciento, son inhibidoras o desactivadoras[1]. Cada neurona desde su nacimiento se especializa en una u otra función.
   Cuando las neuronas inhibidoras están ocupadas, su trabajo pasa desapercibido y el dueño del sistema nervioso no se da cuenta del esfuerzo obstaculizador de este tipo de neuronas. Para cualquier persona, como es lógico, lo importante no son las cosas que no suceden o dejan de suceder, sino aquellas que, en verdad, ocurren y su efecto es de alguna manera perceptible. Por comparación, podríamos decir que las neuronas inhibidoras actúan de manera similar a los porteros que controlan el acceso a un evento —a un cine, por ejemplo—; nadie entra a la sala sin que los vigilantes lo permitan y los promotores del evento carecen de información acerca de los que no entraron. En el mismo momento en que los porteros suspendieran su labor «inhibidora», los ansiosos de ingresar al evento se colarían y entrarían libremente, sin necesidad de comprar el boleto correspondiente.
   Los millones de neuronas que intervienen en las actividades donde hay contracción de músculos —esto es, por ejemplo, en los movimientos de los pulmones o del corazón— generan en sucesión y en sintonía señales activadoras. Por otro lado, cuando no sentimos el roce de la ropa, no escuchamos el ruido del ventilador o no nos percatamos del contacto de la silla donde estamos sentados, es consecuencia de otros millones de neuronas que están transmitiendo señales inhibidoras.

El mayor éxito de los investigadores actuales lo han conseguido mediante la aplicación de la tecnología de imágenes[2] —SPECT, PET, PCT, MRI— a los cerebros de grupos de personas mientras reciben impresiones externas determinadas o ejecutan acciones específicas. De esta forma, los científicos han logrado ubicar los lugares exactos del cerebro donde ocurren las reacciones químicas correspondientes a diversos tipos de eventos[3]. La ciencia dispone ahora de mapas detallados de la masa cerebral con las correspondientes responsabilidades de cada sector. Algunos sitios son tan claramente distinguibles al bisturí de los investigadores y podrían considerarse en sí mismos componentes independientes (hipotálamo, tálamo, amígdala, cerebelo…); otros son más bien especies de regiones geográficas identificadas por su localización. Pero todavía hay demasiado camino por recorrer para comprender el funcionamiento exacto de los distintos elementos, sectores o conjuntos de neuronas; ya sabemos qué y en qué partes del cerebro ocurren numerosas cosas, pero los especialistas aún ignoran el cómo y el por qué de la actividad neuronal[4].

El gran conjunto de codificaciones neuronales que ocurren y de bases de datos que existen dentro de nuestra cabeza es lo que llamamos mente —la película metafórica de Antonio Damasio—. El cerebro tiene la capacidad de establecer combinaciones de conexiones entre sus células, asombrosas en complejidad y esencialmente infinitas en número, que nos permiten razonar, recordar, visualizar, enfurecernos, saltar de alegría o morirnos de tedio. Dice el psicólogo cognitivo canadiense-americano Steven Pinker (1954- )[5]:

 

La mente es un computador neural, adaptado por la selección natural con algoritmos combinatorios para razonamientos causales y probabilísticos acerca de plantas, animales, objetos y personas; este computador es dirigido por objetivos (tales como alimentos, sexo, seguridad, paternidad, amistad, estatus y destrezas) que sirvieron para la buena forma biológica en los ambientes ancestrales.

 

La mente es lo que el cerebro humano hace y lo que el cerebro de los demás animales que poseen un órgano similar no puede hacer; la mente es el conjunto de funciones cerebrales que son exclusividad del hombre y que, al final de cuentas, lo definen como especie. Siddhattha Gotama desconoce todo lo anterior, pero posee bastante intuición para expresar en La senda de las Enseñanzas (verso 1): «La mente precede todos los fenómenos, controla todos los fenómenos, crea todos los fenómenos».

Pero donde el Perfecto es particularmente incisivo y claro, en cuanto a la unidad mente-cuerpo, es en el concepto de las doce esferas de la actividad mental, los doce medios alrededor de los cuales giran los procesos mentales. Estas doce esferas consisten de los seis sentidos (los medios internos) y de sus correspondientes objetos (los medios externos). La actividad mental, el sexto sentido de acuerdo con las Enseñanzas, es una facultad del ser humano como la vista, el oído, el tacto, el gusto y el olfato. El órgano de la actividad mental —el cerebro, en la ciencia moderna; el corazón en las épocas remotas— se conoce como «mente» en el budismo; la mente es parte del mismo cuerpo físico. Para el Buda, los pensamientos «antes de ser pensados», como objetos del sexto sentido, son externos —están afuera— como las formas visuales o los olores. (No es importante en las Enseñanzas, ni afecta la línea de sus análisis y conclusiones, la especificación del órgano que ejerce la función mental). Para Siddhattha Gotama no hay pues duda alguna acerca de la naturaleza física —biológica o electroquímica, diría la ciencia moderna— de los fenómenos mentales, hasta el punto de considerarlos un sentido más.

De acuerdo con Antonio Damasio [6], el cerebro representa en sus bases de datos tanto los eventos que suceden en otras partes del organismo —las extremidades, el tronco, el estómago—, como aquellos que ocurren en el mundo exterior. El software mental tiene un diseño que le permite controlar en tiempo real los procesos que ocurren en otros órganos —la digestión, la circulación de la sangre, la respiración— y, por demanda o de acuerdo a las necesidades, manejar información de los acontecimientos de los alrededores. La evolución ha perfeccionado un cerebro con dos funciones, una directa asociada con el cuerpo de su dueño (los medios internos, según el Buda) y una indirecta relacionada con el entorno en el cual tal cuerpo se desenvuelve (los medios externos). La función directa es modelar y dirigir todo el organismo al que pertenece; la función indirecta es organizar, interpretar y tomar decisiones con respecto a todo aquello externo con lo cual el organismo interactúa, todo aquello que está afuera del cuerpo físico. La realidad que damos por cierta es la construcción neurológica que el cerebro hace del mundo exterior.

Es interesante resaltar como Siddhattha Gotama, sin hablar de lo que no conoce —cerebro, señales nerviosas o sistema sensorial— discrimina los seis sentidos (el procesamiento cerebral interno, interpreto yo) de sus correspondientes objetos (el procesamiento externo), en coincidencia con las dos macrofunciones que describe Antonio Damasio.



[1] En cuanto a los porcentajes de neuronas excitadoras y neuronas inhibidoras, las referencias de estimados varían desde noventa-diez hasta cincuenta-cincuenta; así que ochenta-veinte está en la línea del medio. Dos hechos parecen ser de aceptación general. Primero, existen más variedades de neuronas inhibidoras y, por lo tanto, la complejidad (la variedad de tareas) de estas es mayor que la de las excitadoras. Segundo, las neuronas inhibidoras, que son menos, trabajan más, disparan más, están más ocupadas. El nivel total de actividad —el número total de señales emitidas— es pues grosso modo cincuenta y cincuenta; mitad excitador, mitad inhibidor.

[2] La tecnología de imágenes opera mediante diferentes equipos y modalidades comúnmente identificados por sus siglas en inglés, entre los cuales se encuentran SPECT (Single Photon Emission Computed Tomography), PET (Positron Emission Tomography), PCT (Positrón Computed Tomography) y MRI (Magnetic Resonante Imaging).

[3] La otra herramienta de investigación sobre las áreas de responsabilidad funcional del cerebro, que antecede y complementa a la tecnología de imágenes, es la correlación entre las áreas de lesiones cerebrales y las incapacidades que hayan sufrido los pacientes como consecuencia de tales lesiones.

[4] Felipito, uno de los personajes del caricaturista argentino Joaquín Lavado (Quino), (1932-  sostiene en un episodio de Mafalda, la célebre tira cómica, que compartir la ignorancia de los científicos produce una enorme tranquilidad.

[5] Stephen Pinker, How the Mind Works (New York: W. W. Norton Company) 1997.

[6] Antonio Damasio, Descartes’ Error: Emotion, Reason, and the Human Brain (London, England: Penguin Group) 1994.