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La negación de la muerte

Un par de cosas son claras con respecto al temor a la muerte. Una, que llegó a nosotros por selección natural darwiniana; dos, que es un rasgo universal y exclusivo de la especie humana. En cuanto a la primera, nuestros antepasados homínidos precavidos, los que esquivaban los peligros mortales, fueron los que tuvieron más prole y de ellos, en consecuencia, provienen nuestros genes temerosos; los más osados e ingenuos, en cambio, morían tempranamente y debieron dejar menos herederos. Con respecto a la segunda, es necesario resaltar que antes de las mutaciones genéticas que nos aceleraron la consciencia nadie experimentaba terror alguno por su propia extinción de la misma forma que tampoco sienten miedo a la muerte nuestros actuales contemporáneos animales. Salvo los sobresaltos que los incitan a pelear o huir ante amenazas inminentes, los animales desconocen la ansiedad o la angustia de su eventual desaparición.

¿Qué nos diferencia de los animales en este respecto? Ernest Becker responde con detalle en su libro más reconocido, La negación de la muerte, escrito en la década de los setenta y por el cual fue galardonado post mortem con el Premio Pulitzer. Explica el antropólogo norteamericano que los seres humanos somos paradójicos porque poseemos simultáneamente una identidad física, que crece, respira, sangra, se deteriora y desaparece, y una identidad simbólica, con consciencia, razón, memoria y… miedos.

Según el teólogo danés Sören Kierkegaard, citado por Becker, los animales no padecen de ansiedad o depresión porque su naturaleza carece de la identidad simbólica; siendo inocentes, en ellos no hay espacio para dualidades. En los seres humanos, por el contrario, nuestra identidad simbólica —etérea, sutil, viajera imaginativa en el espacio y en el tiempo— sabe que su paralelo cuerpo material se va a extinguir y se rehúsa a aceptar tan fúnebre destino.  A esta paradoja Becker la denomina la individualidad dentro de la finitud. Erich Fromm, el filósofo alemán también referido por el autor, se pregunta por qué todo el mundo no enloquece ante la contradicción existencial de una esencia simbólica “angelical” que le asigna un valor infinito a su humanidad y un cuerpo “bestial” de costo reducido (que comparte el 97% de su código genético con un chimpancé, agrego yo).

Siendo el temor a la muerte algo tan intrínseco a nuestra naturaleza, algo tan palpable por todo el mundo, su reto y su vencimiento —el heroísmo— siempre han recibido la mayor admiración en todas las culturas. El heroísmo es fundamentalmente un reflejo del terror a la muerte y, por ello, los humanos le hemos dado al coraje un encumbrado nivel de culto

¿Por qué se arriesgan los héroes? La razón es inmediata, sugiere Becker. Los actos de heroísmo le proveen a los héroes, dentro de su grupo social, una representación de memoria y reconocimiento no solo inmediata sino imperecedera.”Creemos que trascendemos la muerte con nuestra participación en algo de valor perdurable”, anota el escritor Sam Keen en el prólogo de La negación de la muerte.

El heroísmo, a nivel individual, tiene expresiones simplificadas que no incluyen riesgos mayores ni derramamientos de sangre. Todos, en diferentes escalas, desarrollamos nuestros “proyectos de inmortalidad”, bien sean de trabajo, estudio, familia, aficiones o habilidades, que de alguna manera proveen algún sentido o “eternidad” a nuestra existencia. Becker sostiene, dentro del mismo orden de ideas, que las religiones son un proyecto de trascendencia al cual entregamos nuestra individualidad por algo más grande que nosotros mismos. Y generaliza: “La sociedad misma es un sistema codificado de heroísmo y cada sociedad es un mito viviente del significado de la vida humana, una creación desafiante de sentido vital. Toda sociedad, sépalo o no, es una religión”.

Independientemente del proyecto de inmortalidad, “nuestra principal tarea en este planeta es lo heroico”, dice Becker, y se respalda en William James cuando el psicólogo americano escribe que “el mundo es esencialmente un teatro para el heroísmo”. A pesar de no presentar ninguna recomendación específica sobre la selección de “nuestro proyecto de inmortalidad” —estoy seguro de que no existe respuesta última en tal dirección— “La negación de la muerte”, completada cuando ya padecía de cáncer, es el reflejo del “exitoso” heroísmo de Ernest Becker. En el mundo de la psicología, de manera simbólica, el nombre del antropólogo sobrevive ciertamente a su temprana muerte física seis meses antes de cumplir cincuenta años.  

Gustavo Estrada

Autor de Hacia el Buda desde el occidente

 

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Gustavo Estrada
Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE 
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