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La moral: asunto humano

El tercero y último corolario de la impersonalidad es el reconocimiento de la moralidad como un asunto estrictamente humano. Aquí también hay coincidencia entre las Enseñanzas y el pensamiento contemporáneo, así las causas de la coincidencia lleguen por caminos diferentes a la misma conclusión. A pesar de la inexistencia de almas que sobreviven nuestra muerte física y de dioses antropomórficos que premian o castigan a esas almas, dependiendo como haya sido el comportamiento de sus cuerpos, sí existe un sentido moral natural para nuestra conducta.

 De acuerdo con las ciencias evolutivas, la moral es una evolución cultural —memética, en la terminología de Richard Dawkins— que favorece la supervivencia de los grupos y, por lo tanto, apoya indirectamente la supervivencia del individuo. Los primeros comportamientos morales debieron resultar de la empatía, una característica deseable que se desarrolla en la formación de comunidades; los grupos más aglutinados y mejor estructurados tenían, por supuesto, más opción de sobrevivir y de progresar que los individuos aislados. Los solitarios y los huraños tenían menos probabilidades de casar acompañantes maritales para la reproducción y de cazar proteínas animales para el crecimiento del cerebro[1]. Sostiene Edward Wilson[2]:

 

Es de esperarse que en el curso de la historia evolutiva, los genes que predisponen a la gente hacia el comportamiento cooperativo terminarían predominando en la población humana como un todo; tal proceso repetido por millares de generaciones tendría que dar nacimiento inevitable a los sentimientos morales.

 

La observación de un cierto sentido de equidad en monos y antropoides sugiere que los instintos morales tienen raíces profundas bien atrás en la evolución del hombre[3] y que hay una predisposición genética a la moralidad en nuestros parientes animales, con características diferentes en cada especie o grupo. No es de extrañar entonces que los códigos de conducta de los humanos, a pesar de tener muchas reglas similares entre ellos, sean diferentes en cada cultura. Lo común en los códigos es la predisposición a la moralidad, no los detalles de las normas.

De acuerdo con las Enseñanzas, la moralidad o la inmoralidad de los pensamientos, de las palabras y de los actos están determinadas directamente por las consecuencias que estos producen en la armonía o desarmonía de la persona que piensa, habla o actúa. La armonía resulta de la cesación del sufrimiento; la desarmonía es la ocurrencia misma del sufrimiento. Las cosas que llevan a la armonía son las provechosas; las que favorecen la desarmonía son las perjudiciales.
   La semejanza entre la predisposición a la moralidad que resulta de la selección natural y la moralidad sugerida por las líneas de conducta de la tabla 3, radica en que para ambas —evolución y Enseñanzas— este es un asunto completamente del dominio humano; la moral no depende de un juez celestial que la decrete ni de un juez terrenal que interprete la norma divina.
   Por otra parte, la conducta cooperativa que favorece la selección natural y es «provechosa» para la evolución, es un comportamiento activo y está relacionado con la ejecución de cosas. Las cosas hechas benefician directamente a la especie y, por extensión, al individuo. La conducta «provechosa» de las Enseñanzas es pasiva y se refiere a dejar de hacer cosas. Las cosas dejadas de hacer benefician primero al individuo —contribuyen a eliminar su sufrimiento— y secundariamente a la especie. A pesar de que el resultado final es equivalente, en esta secuencia difieren la selección natural y las Enseñanzas.



[1] Hay razonables fundamentos para pensar que el consumo de la proteína animal jugó un papel muy importante en el aumento del tamaño del cerebro durante la evolución. Por ejemplo, en proporción a la masa corporal total, los mamíferos carnívoros tienen consistentemente un cerebro mayor que los mamíferos herbívoros. En estos puntos (cacería y consumo de carne) hay conflicto entre evolución y Enseñanzas, pues la caza implica matar seres vivos. El budismo religioso no prescribe el vegetarianismo, pero la abstención de matar conlleva su práctica.

[2] Edward O. Wilson, Consilience: The Unity of Knowledge (New York: Alfred A. Knopf, Inc.) 1998.

[3] Carl Zimmer, Conflict: Ethical Decisions Have Deep Roots, Discover Presents The Brain, Discover Magazine, primavera de 2007.