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En las relaciones de lo físico y lo metafísico, los poderes celestiales, por definición, son los que mandan; así ocurre en todas las religiones. Pero el gobierno terrenal chino, en sus afanes expansionistas, está empeñado en regular también las cosas del más allá. Dejando de lado las bien conocidas infamias militares y culturales de los chinos contra los tibetanos —esas son de conocimiento común—, los eventos que motivan esta nota son bastante divertidos. Tras arrasar militarmente seis mil monasterios budistas, los chinos forzaron al Dalai Lama, el líder espiritual más importante del Tíbet, a refugiarse en la India en 1959. No obstante su ausencia geográfica, la potencia oriental le sigue temiendo tanto al notable Premio Nobel de la Paz que en los últimos años, para derrotarle de manera definitiva, ha extendido su guerra invasora hasta los dominios metafísicos. La tragicomedia tiene ya varios capítulos.

El acto inicial ocurrió en 1995 cuando el Dalai Lama identificó en un niño la décima primera reencarnación del Panchen Lama, segunda autoridad sagrada del Tíbet, cuya manifestación humana previa había fallecido seis años atrás. El gobierno chino desconoció la nominación (de la misma forma que cualquier dictadura rechaza un gobierno en el exilio), desapareció al candidato del Dalai Lama cual opositor de la Plaza de Tiananmen, encarceló al abad que colaboró en el proceso de selección y nombró el correspondiente reemplazo.

El segundo acto estuvo a cargo del propio Dalai Lama —realmente él es el Dalai Lama XIV, así como Benedicto es el XVI, aunque los procedimientos y las reglas de selección son diferentes— como reacción a la clara decisión china de intervenir en la nominación de los reencarnados importantes. En un discurso pronunciado en Sarnath, al norte de la India, a comienzos del 2002, el líder espiritual dejó claramente establecido que, si el Tíbet no es un territorio independiente cuando suceda su fallecimiento, él mismo dirigirá su reencarnación hacia otro país que no dependa de Beijing.

El ateísmo gubernamental chino seguramente no tiene noción alguna de la manera cómo el Dalai Lama va a ejecutar este misterioso procedimiento. Yo comparto mi ignorancia con la de Beijing; me imagino que el proceso es similar al de un piloto de avión en emergencia, con suficiente combustible y pericia, que puede escoger su sitio de aterrizaje (aun el Rio Hudson, si así se requiere). Sus milenarias supersticiones, sin embargo, les permiten a los chinos suponer con mucha certeza que esa escogencia post mortem de “aeropuerto” debe ser posible.

De aquí surgen tanto el temor chino como el tercer acto del sainete ocurrido en Agosto del 2007. En una tragicomedia sin antecedentes en la historia del totalitarismo, el gobierno chino prohibió la reencarnación a los monjes budistas del Tíbet cuando ellos no tengan la autorización apropiada de Beijing. (La tecnología virtual que han utilizar los monjes para tramitar el permiso no ha sido compartida). Un decreto de la Administración Estatal de Asuntos Religiosos, considerado por la misma entidad como “un paso muy importante en la gerencia de la reencarnación”, estipula estrictamente los procedimientos a través de los cuales una persona ejecuta su renacimiento. Más divertido aún: La resolución entró en vigor treinta días después de expedida, dejando tácitamente a los monjes que murieran durante ese período en completa libertad para que hicieran lo que a bien tuvieran en ese mes (esto es, podían alinearse con la oposición, si así lo querían).

El acto final está, por supuesto, pendiente. En algún momento —y que dada la bondad del afectado ojalá esté lejano— tendremos dos Dalais Lamas XV: El que seleccione el gobierno chino, que se ha reafirmado como dueño incuestionable del Tíbet material y del Tíbet espiritual, y el que escoja el propio Dalai Lama XIV cuando muera, que será identificado por los monjes sobrevivientes ciñéndose a los procedimientos y rituales del budismo tibetano.

Espero estar todavía vivo para el emocionante desenlace de este cuarto acto. La pugna de los espíritus para escoger sus correspondientes cuerpos dará para los más etéreos debates. A lo mejor habrá una sesión especial en las Naciones Unidas con intervenciones de Nicolás Sarkozy (defendiendo al Tíbet libre) y Hugo Chávez (hablando a nombre del espíritu de Simón Bolívar). Por el contrario, si yo ya no soy de este mundo y dado que los diálogos entre seres metafísicos deben ser muy divertidos, les aseguro que en algún rincón se escucharán las risas de ultratumba de mi espíritu que, desconocedor de todos los procedimientos aplicables, estará todavía pendiente de reencarnar.

 

Gustavo Estrada

Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTEy de

LA RIQUEZA DE LA INFORMACIÓN



Gustavo Estrada
Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE 
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