Ausencia de propósito Todos sabemos exactamente qué cosa es la vida, en general, y la vida humana, en particular, porque somos un buen ejemplo de ambas. Puede que no conozcamos los detalles moleculares —si todavía la ciencia no logra sintetizar las bacterias más irrisorias, menos podremos nosotros comprender la estructura biológica de nuestra compleja forma orgánica—, pero sí tenemos claro que la vida humana es el fenómeno biológico que estamos experimentando; usted siente el suyo, yo siento el mío. Eso es la vida humana.
Por diferentes que sean nuestras vivencias, usted y yo tenemos una idea perfecta del significado de «estar vivo». Hasta aquí el vocablo «significado» se refiere al sentido de una frase, a su coherencia, al contexto de algo genérico que queremos describir con un par de palabras. Pero si utilizamos «significado» en su otra acepción más abstracta, la de razón de ser o finalidad, la que demanda un propósito u objetivo, ¿cuál es entonces el «significado» de la vida humana? Aquí la situación se torna confusa.
La misma pregunta se la ha hecho el hombre desde que desarrolla consciencia de sí mismo: ¿por qué y para qué estamos aquí? En su afán de encontrar explicaciones satisfactorias, ha desarrollado la más amplia variedad de teorías y conjeturas. No obstante su número y su imaginación, el biólogo Richard Dawkins dice con contundencia que todas las respuestas anteriores a 1859 —el año de publicación de El origen de las especies— están equivocadas, como están igualmente equivocadas muchas de las posteriores (como el denominado «diseño inteligente»).
El científico británico tiene la razón y no propiamente porque Darwin haya respondido categóricamente al asunto en cuestión, sino por las conclusiones que con el tiempo resultaron de sus teorías. El propósito de la vida de cualquier organismo —sea un vegetal, un insecto, un vertebrado o un hombre— es habilitar al ente vivo, al organismo de turno, para actuar como máquina de supervivencia de las cadenas moleculares de ADN en su interminable proceso de replicación. No hay pues diferencia entre el objetivo de la vida humana y el de las mariposas monarca, la ballena azul o el cedro del Líbano. Expresado de otra forma, la vida humana no tiene ningún propósito o sentido particular. Dice Edward Wilson: «Ninguna especie, ni siquiera nuestra especie, posee propósito alguno más allá de los imperativos creados por su historia genética».
¿De dónde proviene esta afirmación? De la manera como opera la ley de la selección natural. La evolución —que ha modificado genes, células y organismos desde la primera señal de vida, cuando la molécula inicial pudo replicarse, hasta donde estamos ahora— se rige por ella, por esa selección natural, tan inflexible e insensible como la ley de la gravedad; ambas actúan —indiferentes, inconscientes, despiadadas cuando es el caso— sin la más mínima consideración por los efectos de su acción. A la gravedad de Newton nada le puede importar si lo que la Tierra atrae y golpea contra su suelo es un asteroide, un gato o un bebé de dos años; a la selección natural de Darwin la tiene sin cuidado que de la evolución resulten el virus del sida, la palmera del desierto o el pingüino emperador. En 1879, en un breve ensayo titulado Confesión, doce años después de completar La guerra y la paz, su obra monumental, escribe León Tolstoi (1828-1910), el gran literato ruso: «El único conocimiento absoluto asequible al hombre es que la vida carece de sentido». Y se pregunta luego con mucha ansiedad: «¿Hay algún sentido en la vida que no sea destruido por la aproximación inevitable de la muerte?» No obstante las intensas búsquedas espirituales e intelectuales que narra, el genio ruso confiesa que no encuentra respuestas a los interrogantes de la vida. El desaliento de Tolstoi no es aislado entre los grandes hombres; su caso es destacable simplemente porque ha sido documentado directamente por quien sufre la frustración. Muchos otros grandes hombres hacia el final de sus días también cuestionan el valor de lo que han sido sus existencias y una fracción notable (difícil de estimar pues depende de la definición de grandeza) permite que su abatimiento le lleve al suicidio. Nos negamos a reconocer, nos duele aceptarlo, nos fastidia la idea de que la vida —sobre todo «mi vida»— carezca de razón de ser; la vida podría ser o parecería más hermosa y más loable si tuviera un claro propósito. Pero no es así. Las ciencias evolutivas son las mensajeras de la mala noticia; dado que nos resistimos a hacerles caso a ellas, quizás el humor nos ayude a aceptar un hecho incontrovertible. «No sólo ignoro a dónde iremos, sino que, para empezar, no tengo la más mínima idea de lo que hacemos aquí», dice Art Buchwald (1925-2007), el célebre columnista norteamericano. Los objetivos que los humanos le han buscado a su paso por este planeta se presentan en las formas más diversas. Los hay altruistas (servir al prójimo, formar una familia, luchar por la justicia); románticos (encontrar la pareja ideal, tener una relación sentimental exitosa, escribir poesía); trascendentales (amar a Dios, ganarse el paraíso, unirse con la Divinidad); individualistas (obtener un premio, alcanzar una posición, conseguir dinero); o de las muchas otras modalidades que nos pintan el poder, la fama, el sexo o las riquezas. ¿No hay nada valioso entre tantas alternativas? ¿Cómo es posible que toda la humanidad haya estado tan equivocada por tanto tiempo? No, no hay nada convincente en las propuestas, y sí, sí ha estado errada la humanidad todo el tiempo. En primer lugar, porque la ciencia no es para someterla a votación. Aunque un millón de personas repitan a gritos una cosa estúpida y falsa, la cosa seguirá siendo estúpida y seguirá siendo falsa. La teoría de la evolución, con todas sus explicaciones pendientes y mientras no se demuestre científicamente lo contrario, es verdadera por más detractores que tenga; las memorias de vidas anteriores y los objetos voladores no identificados (ovnis) son imaginarios por más ingenuos que haya entreteniéndose con su ficción. En segundo lugar, porque el hecho de que la vida humana no tenga propósito codificado en los genes, no hace menos bellos los amaneceres, menos sublime el amor maternal ni menos majestuosa la Sonata primavera de Beethoven (así todavía no sepamos cómo nuestro cerebro distingue y admira la belleza, la sublimidad o la «majestuosidad» de una melodía). En tercer lugar, porque la necesidad aparente de un sentido es el efecto de codificaciones neuronales derivadas de o implícitas en la programación de la identidad individual. Como un resultado o una porción del fenómeno artificial e ilusorio que es el ego, la búsqueda de sentido no es otra cosa que la proyección innecesaria de una entidad ficticia. Según Krishnamurti, el filósofo hindú, cuando alguien insiste en buscarle sentido a la vida es porque encuentra vacía la suya propia: ¿Tiene la vida un significado, un propósito? ¿No es vivir en sí mismo un propósito? ¿Por qué queremos más? Porque estamos tan insatisfechos con nuestra vida, es tan vacía, tan mediocre, tan monótona, que queremos algo más, algo más allá de lo que estamos haciendo… Decimos entonces que la vida tiene que tener un sentido más pleno.
La vida humana es más un proceso natural (el transcurrir de un fenómeno), que un proyecto (los planes y los recursos que alguien pone para lograr un objetivo). Un proceso implica la continuidad de un flujo. Un proyecto demanda un resultado y un cambio de algo tangible y concreto (lo que somos) hacia la improvisación de algo distinto (lo que nos gustaría ser). La vida como proceso implica «querer lo que uno tiene»; la vida como proyecto exige «tener lo que uno quiere». Según Steven Pinker, el computador cerebral opera bajo metas mentales similares a las que apoyaron la buena forma física y el bienestar biológico en los ambientes primitivos. El aprendizaje de la relación causa-efecto para lograr las metas se registra en una parte del cerebro. La sensación placentera de los logros y los eventos que favorecen la supervivencia y la procreación —alimentos, sexo, seguridad, amistad, conocimientos— se registra en otra. En el estado evolutivo en el cual nos encontramos, las dos cosas juntas nos llevan a buscar sensaciones placenteras a través de metas diferentes que no tienen nada que ver con la permanencia de la especie (y que, como en el caso de las drogas estupefacientes, pueden causarnos daño). De manera similar, el agrado de completar un proyecto puntual —un mejor empleo, una conquista romántica, una deliciosa cena— genera la extrapolación de los resultados para hacer de toda nuestra existencia un gran proyecto de vida que, como tal, debe tener su correspondiente gran propósito que nos dé razones suficientes para vivir. ¿Qué dicen las Enseñanzas con respecto a la ausencia de un propósito en la existencia humana? En ninguna parte del Canon Pali hay una aseveración textual en concordancia directa con el pensamiento moderno en este tema; el Buda nunca dice literalmente «la vida carece de sentido». No obstante, la conformidad del Maestro con la aseveración es tácita e implícita en varias de sus narraciones. Por ejemplo, en la definición de la segunda verdad noble dice el Perfecto: «El origen del sufrimiento es el deseo que persigue siempre algo diferente a lo que tenemos o lo que somos, acompañado de pasión y ambición, esto es, de ansia de placeres sensuales, de ansia de no ser lo que somos, de ansia de ser algo diferente». Propósito es tanto la intención de conseguir algo, así como el objeto o la mira que se quiere conseguir. Sentido, como razón de ser, es la finalidad con la cual se hace algo. En consecuencia, sentido o propósito, en cuanto a querer ser algo diferente o esperar lograr algo que no se tiene, son ideas que el Perfecto desecha silenciosamente, pues conllevan deseos que, en sus razonamientos, son la causa del sufrimiento. La negación de la existencia de un significado especial en la vida humana también se encuentra sobrentendida en la impersonalidad, la tercera característica de los fenómenos, que establece la irrealidad del ego. Los defensores de la existencia de un propósito en la vida humana consideran tal propósito como algo personal —egocéntrico, «mi» objetivo, «mi» razón de ser —, esto es, centrado en un «yo» esencial (que Siddhattha Gotama desconoce).Cualquier propósito requiere de un dueño y si no hay dueño pues no puede haber propósito. «He destruido, me he desprendido, he soltado y me he liberado de toda creación mental, de toda recolección u obsesión engañosa de mío o de yo», dice el Maestro en la Narración a Vacchagotta sobre el fuego. Por último y quizás el punto más importante: si el Buda considerara que la vida humana tiene un sentido especial, las Enseñanzas se dirigirían a lo que debe hacerse para su hallazgo —¿cuál es mi propósito?—, así como a la forma para hacerlo realidad —¿qué tengo que hacer para lograrlo?—. Pero el Buda no habla de un camino especial para alcanzar un objetivo particular; su camino y su mensaje son para acabar con el sufrimiento —para deshacerse de algo, no para perseguir o conseguir algo—. Así lo repite insistentemente, de distintas maneras, pero siempre con el mismo contenido: «Comprendan la verdad del sufrimiento; aniquilen el origen del sufrimiento; experimenten por ustedes mismos la cesación del sufrimiento; sigan el camino que conduce a la cesación del sufrimiento».