-- BUDISMO PRAGMATICO, HUMOR Y CIENCIA ---------------------------------------------------------- PRAGMATIC BUDDHISM, HUMOR AND SCIENCE

Home     English Home     My Buddha     Other writings     Budismo     Narraciones     Escritos     Humor, ciencia y otros     Contactar/retirar      
Calidad de muerte
Adanes y neandertales
Homínidos y astrales
Utilidades digitales
Material del alma
El retorno del bidé
Burka y celibato
Paradojas de la fisica
Maria Magdalena
Efecto placebo
Quimica del amor
Fe codificada
Fe y ciencia
Homo neanderthalensis
Sexebro
Aceptación del final
Arrivederci Alzheimer
Darwinización excesiva
El caos del DSM
Prohibido reencarnar
Biocentrismo
Masters y Johnson
Grados de separacion
Realismo fétido
Pensamiento negativo
 La química del amor

 

La conclusión a la que ya ha llegado el mundo científico es que somos una complejísima máquina, con el más extraordinario diseño mecánico, electrónico, químico y genómico que podamos concebir, pero máquina al fin y al cabo.

Que la máquina tenga un operador invisible —un alma— y exista un Ingeniero Superior —un Dios— son problemas cosmológicos que están más allá del alcance de esta nota. Pero que todo lo que nosotros somos, hacemos y sentimos está regulado por la química y la electrónica cerebrales, de eso ya no cabe la menor duda. Y de lo que sentimos emocionalmente, de la electroquímica que maneja nuestros apegos afectivos y románticos, es justamente de lo que queremos hablar ahora.

Según investigaciones neurológicas, bastante bien documentadas por cierto, todo el idealismo del pasado que por siglos ha derivado en los más bellos poemas del amor y la pasión, todos los azucarados romances de las más tiernas novelas, el devaneo de todas las canciones tiernas, todas aquellas dulces angustias que alguna vez vivimos en las largas ausencias de nuestro ser amado, todas aquellas caras de imbéciles que alguna vez pusimos al lado de las dueñas de nuestro corazón, todo eso y mucho más no fue, no es y no será otra cosa que el producto de unas cuantas reacciones orgánicas en las que generan numerosos compuestos químicos.

La cosa comienza cuando nos sentimos atraídos por una persona del sexo opuesto. Puede ser alguna misteriosa compatibilidad genética, la activación de un condicionamiento de la infancia, un anuncio comercial reciente, o un olor que percibe nuestro subconsciente —parece que el olfato es el principal incitador sexual de los animales y de los inteligentes— y al instante se acelera en nuestro cerebro la producción de tres neurotransmisores del grupo de las catecolaminas: la feniletilamina, la dopamina y la norepinefrina. (La atracción hacia alguien del mismo sexo como que les lleva la delantera a los científicos en sus investigaciones en cuanto a por qué se origina tal afinidad pero las catecolaminas se disparan exactamente de la misma forma).

Las catecolaminas desarrollan sensaciones de euforia y alborozo —las diferencias entre la expresión facial de un enmariguanado y la de un enamorado son casi inexistentes— y desplazan los mecanismos del cerebro que controlan el pensamiento lógico. Si la intensidad del flechazo fue grande o si hubo suficientes respuestas que la estimularon, entonces se enciende la llama irracional de la pasión. Eso explica cómo en el inspirado verso de Gustavo Adolfo Bécquer —“hoy la he visto y me ha mirado, hoy creo en Dios”— un ateo recalcitrante de repente se convierte en fervoroso creyente.

Si las cosas cuajan y hay presunción de conexión permanente —física y espiritual, de cuerpos y de almas— entonces el cerebro se inunda con cantidades substanciales de endorfinas —parientes cercanas de la morfina— que dejan a los amantes con sensaciones muy placenteras de seguridad y calma. Este embelesamiento, de acuerdo con los propósitos de la evolución para la subsistencia de nuestros antepasados en las praderas, dizque dura en promedio tres años, el tiempo requerido para la concepción, el embarazo y el parto de la madre más el tiempo que necesita el bebé para poder caminar por sí solito.

¿Y después? Según algunos antropólogos, ahí vuelve y juega un nuevo romance con una nueva pareja. En numerosas culturas estudiadas, el cuarto año muestra un pico elevado de divorcios y separaciones. Y menos del cinco por ciento de los mamíferos son consistentemente fieles. Los resistentes —nosotros y ellas— que hemos excedido con creces esos cuatro años definitivamente vamos en dirección contraria a la teoría de la evolución (¡Disculpas Charles!).

Pero la cosa no es solo de catecolaminas y endorfinas. Hay otro químico, la oxitocina, que también juega un papel importante en la relación de parejas, en particular durante el acto sexual. Según estudios muy serios el nivel de oxitocina puede aumentar de tres a cinco veces en el orgasmo masculino y varias veces más durante el clímax femenino (por eso es que ellas duran más; viven más, quiero decir). Nunca he podido entender como ciertos científicos pueden seriamente concentrarse en estudios y mediciones mientras observan una pareja en plena actividad sexual ni mucho menos cómo puede entrar una pareja en acción con ocho investigadores tomando datos de la experiencia (del experimento, quiero decir).

Los jóvenes de las generaciones recientes conocen intuitivamente estos juegos de la neuroquímica. Ellos van a lo que van mucho antes de verse idiotizados por la feniletilamina: “¿Vamos ya a mi habitación o me dices tu nombre antes?” Las nuevas generaciones jamás entenderán la teosofía o la conversión de Bécquer. Pienso que si este romántico poeta español fuera a componer algunas de sus celebradas rimas en esta época posiblemente escribiría algo como esto:

Volverán las oscuras golondrinas

De tu balcón sus nidos a colgar.

Pero aquellos niveles de endorfina,

¡Esos no volverán!

 



Gustavo Estrada
Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE 
En Colombia, HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE se puede obtener en todas las Librerías Panamericanas así como en las Librerías Lerner de Bogotá y las Librerías Nacional de Cali.