Realismo fétido
Anteriormente los procesos de la digestión no se mostraban en cine ni en televisión; escasamente cabían en las comedias. Ese era un tema tabú. Tanto en la ficción como en la vida real, la emisión de los residuos de la nutrición siempre había sido una cosa personal, en recintos cerrados diseñados para la actividad o en ambientes solitarios. Dejar actuar la fisiología en público siempre fue vulgaridad. En los últimos años, sin embargo, a los directores del séptimo arte les ha dado por filmar a sus protagonistas en el ejercicio pleno de sus funciones estomacales. Ahora los actores y las actrices conversan con el vecino cuando orinan, ejecutan sus deposiciones fecales en paralelo con sus exposiciones verbales y emiten ruidos biológicos mientras cenan. A esto yo lo llamo realismo fétido. Dada mi afición de muchos años al cine, todo esto me causa mucha repulsión, por la innecesaria ordinariez, y una buena dosis de preocupación, por las razones que explico en esta nota.
Quienes comparten mi gusto por las películas, bien conocen los extraordinarios efectos diseñados para que el público sienta que está «en vivo» y que, más que espectador, es participante de los eventos de turno. Recordemos, como ejemplo extremo de tecnología, lo que ocurre en los modernos parques de atracciones. Si una escena del espectáculo ocurre en las vecindades de unas cataratas, al espectador lo salpican abundantes gotas de agua; si de la pantalla, gracias a la tercera dimensión, se escapan unas cuantas docenas de ratas, el público las ve a su lado y las siente entre sus pies por la vibración sincronizada de dispositivos situados debajo de sus asientos. Esto es extraordinario y, por supuesto, la gente ruge y grita hasta el delirio.
Con la óptica, la acústica y la mecánica, los productores de cine han logrado indudables maravillas. Lo que sí no han conseguido, hasta ahora y por fortuna, es replicar los olores de las escenas; el solo pensar tal idea me causa desazón. Nuestro aparato olfativo es un detector de moléculas que el cerebro clasifica como agradables y atractivas o desagradables y peligrosas; así nos diseñó la evolución. Buscando comprender cómo funciona este sentido, Sarah Jones y Dan Sykes de la Universidad Estatal de Pennsylvania han logrado combinar los receptores olfatorios con la nanotecnología y han creado una especie de nariz electrónica. Las narices electrónicas son capaces de detectar cambios en la conductividad de diversas substancias cuando ellas absorben determinadas moléculas del ambiente y con tal invento esperan, entre otras cosas, ubicar cadáveres sepultados por los destrozos de los desastres naturales. Si alrededor de los cuerpos en descomposición existen bolsillos de aire, es muy probable que en el sitio también haya sobrevivientes; las narices electrónicas serán excelentes en esta tarea. Tan loable labor viene siendo ejercida a la fecha por sabuesos amaestrados pero, desafortunadamente, estos costosos animales rara vez están inmediatamente disponibles en las cercanías de las tragedias.

La prodigiosa secuencia, ya probada en los laboratorios, es pues biología (el aparato olfativo), química (lo que huele feo), electricidad (la medición de la conductividad) y electrónica (la digitalización de la medición). ¿Será que los sabios podrán desarrollar la sucesión inversa, esto es, que de frecuencias digitales, señales eléctricas y “sintonización química” consigan producir olores nauseabundos simulados? Yo no lo creo posible pero todos somos hoy testigos de muchas maravillas tecnológicas que hace pocos años nadie se hubiera soñado.
Si esta cosa tan disparatada se llegara a materializar (no lo creo, insisto, y ojalá que no suceda), los científicos podrían entonces generar unos olores artificiales de caca a partir de instrucciones digitales previamente programadas. Y de ahí a que Hollywood integre la “popología” con la cinematografía no hay sino un paso. En lo que a mí concierne, los hedores serán siempre hedores y serán siempre desagradables así provengan del trasero Penélope Cruz o de un transmisor de frecuencias; mi nariz no los distinguiría. La ordinariez ya está llegando bastante lejos y si en los cines, además de los de aromas de los vecinos, se llegan a reproducir emanaciones digitalizadas para maximizar el realismo fétido, prometo que jamás volveré a entrar a un teatro.
Gustavo Estrada