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La religiosidad: Una conveniencia genética

El fanatismo ha ocasionado desde siempre perjuicios descomunales a innumerables sociedades y el tercer milenio, desgraciadamente, no está siendo una excepción a este desafortunado acontecimiento. Todas las grandes religiones han promovido o permitido guerras santas que han ocasionado daños atroces en el nombre de Dios. Pero el hecho de que las religiones subsistan, a pesar de los crímenes y las devastaciones por ellas motivados, indica que tienen que haberle provisto ventajas de supervivencia al hombre antiguo, programándose en sus genes de alguna manera, y deben continuar ofreciéndole beneficios de subsistencia al hombre moderno. De no ser así, habrían desaparecido. Indudablemente el fanatismo religioso le ha hecho y le sigue haciendo mucho daño a la humanidad. Pero el impacto histórico de las religiones es mucho más benéfico que dañino; el saldo neto es ciertamente positivo.
Una teoría para explicar evoluciones culturales (como la de las religiones) es mucho más difícil de formular que una para las evoluciones biológicas (como la de las especies, ya de por sí muy complicada). A diferencia de los genes, que son fragmentos reconocibles de ADN, los memes, los equivalentes sociales de los genes, son apenas una conveniencia conceptual, tan útil como hipotética. Las ventajas de supervivencia de cualquier fenómeno cultural duradero son altamente especulativas; la especulación, sin embargo, no es en cuanto a su veracidad —si una costumbre social permanece es porque de alguna manera es benéfica—, sino en cuanto a los mecanismos que generan las ventajas de supervivencia y conducen a la selección natural. Estos mecanismos resultan evidentes en el desarrollo de un cuello más largo o de un pico con una curvatura especial, pero no ocurre lo mismo con un cierto ritual o con una determinada creencia. Las ventajas atribuibles a la religiosidad debieron resultar de las triples alianzas religión-milicia-gobierno que predominaron en los pueblos remotos (y que aún subsisten en algunas naciones).
Pero, dejando milicia y gobierno de un lado, ¿tiene ventajas la religión para el hombre moderno? Aparentemente sí. Más de doscientos estudios, que cubren millares de personas (noventa mil en el mayor de todos) durante prolongados períodos (veintiocho años en el más largo), establecen que las personas que rezan son más saludables y viven más tiempo. Un subconjunto de los estudios sostiene que la longevidad es mayor en las personas que rutinariamente asisten a los templos y a las sinagogas. Por el tamaño de las muestras, la duración de las evaluaciones y la medición de una variable tan exacta como la edad en el momento de fallecer, es difícil descalificar la conclusión central; la religión sí tiene, en verdad, un impacto positivo en la salud.
¿Cuál religión es la que apoya la salud? Casi todos las investigaciones documentadas se han llevado a cabo en Estados Unidos y cubren grupos cristianos; el hecho, sin embargo, de que al menos una de las evaluaciones corresponde a una fe diferente (tres mil novecientos judíos en Israel durante dieciséis años) indica que los resultados son independientes de las creencias y que es la práctica religiosa, indistintamente de la denominación, la que conlleva beneficios en la salud.
De los tres componentes de una religión —rituales, normas de conducta, creencias— ¿cuál es el que favorece la salud? Los tres en conjunto y cada uno por su cuenta lo hacen, así como todo lo que gira alrededor de ellos. Los escépticos cuestionan la validez de los estudios mencionados, entre otras razones, porque no representan una asociación entre religión y salud, sino entre religión y estilo de vida. Yo creo que, por el contrario, cuando contemplamos la religión como un conjunto de dogmas, ceremonias y mandamientos —los devotos creen, rezan y tienen hábitos saludables—, esta crítica no debilita sino que refuerza la relación entre religión y salud.
La participación frecuente en los servicios de culto, el componente ritual, es la expresión visible y externa de la religiosidad. Su beneficio inmediato para los feligreses es una satisfacción de la necesidad de pertenencia del ser humano (familia, amigos, identificación con un grupo…), exigencia ésta que, en la reconocida jerarquía del psicólogo humanista norteamericano Abraham Maslow (1908-1970), solo es superada por las necesidades fisiológicas (aire, sueño, agua…) y las necesidades de seguridad (techo, trabajo, estabilidad…). Pertenecer a algo —a una secta, a un club, a un círculo— es imperativo para el ser humano; la religión satisface convenientemente esa urgencia.
El componente normativo promueve, de manera diferente en cada secta, conductas que favorecen el bienestar individual e impulsan el bienestar del grupo (hay excepciones, por supuesto, como los mandamientos que invitan a la guerra). Las personas religiosas son comúnmente moderadas en la comida y en la bebida, no consumen sustancias alucinógenas, tienen en promedio uniones matrimoniales más sólidas y, en general, son ciudadanos responsables (con la estabilidad emocional que ello conlleva). No sorprende, de ninguna manera, que el ritualismo semanal y los códigos de conducta contribuyan a la buena salud y a la longevidad.
¿Y las creencias? «Fe es creer lo que no vemos porque Dios lo ha revelado», decía el antiguo catecismo católico del padre Gaspar Astete (1537-1601). Creer es muy fácil, es dar por cierto algo que no está comprendido o comprobado; es más que fácil, creer es conveniente. Comprender o comprobar, en cambio, es difícil, incierto y, por sobretodo, estresante —no entender nos hace sentir torpes—. Pensar demanda recursos intelectuales, creer no. La química es más difícil que la alquimia, la astronomía más complicada que la astrología, las matemáticas más arduas que la numerología.
En la evolución humana, las creencias, razonables o no, antecedieron a las teorías lógicas en todos los campos del saber. Las religiones antecedieron en milenios a la ciencia. El hombre antiguo se inventó propuestas metafísicas, cuyas reglas de juego podía crear a su amaño, mucho antes de plantear leyes estructuradas a las cuales tendría que ajustarse. Cuando se cree en poderes superiores, todo resulta sencillo de explicar —el castigo de Dios para las tragedias, la bendición de Dios para las buenas cosechas—. Creer es relajante, divertido y hasta cierto punto irresponsable; basta apreciar el enorme éxito de las leyendas fantásticas —en el cine de la época moderna y en la literatura de todos los tiempos—, así como el desconcertante furor de siempre por la interpretación de los sueños, la lectura de las cartas, el poder de los amuletos y la invocación de ángeles y demonios.
La inteligencia lógica produce progreso material y conocimiento, pero también genera incertidumbre y angustia. «La vida es difícil», dijo el Buda. «La vida es estresante», traduce Thanissaro Bhikkhu, el monje budista norteamericano. La vida, en verdad, nunca ha sido fácil para nosotros ni para los animales (solo que estos no se dan cuenta); la existencia siempre ha tenido complicaciones, ahora y hace dos millones de años, seamos Homo sapiens u Homo ciberneticus, fuéramos Homo habilis u Homo erectus. El sistema de cómputo que nos amenaza el empleo de hoy es la bestia que nos podía devorar en los tiempos prehistóricos. Creer —tener fe en algo que no se comprende, sea sagrado o fetichista— disminuye el estrés y provoca despreocupación; las oraciones repetitivas sosiegan, los rituales simbólicos aplacan.
¿Qué tiene que ver todo esto con supervivencia? Un porcentaje elevado de los casos de impotencia sexual masculina, no cuantificado de manera concluyente, tiene su origen en factores mentales (no en disfunciones físicas); el estrés encabeza la lista de las causas psicológicas. Otro tanto ocurre con la infertilidad femenina, donde las evidencias son categóricas. No es pues aventurado suponer que nuestros antepasados, aquellos más controlados y menos estresados, vivieron más años y tuvieron más descendencia; la selección natural bien pudo ocurrir alrededor de quienes creyeron en el dios del momento y tuvieron fe en el hechicero de turno; la conveniencia relajante de tener fe engendró los objetos de las creencias. Y por la proliferación y predominio numérico de estos primitivos creyentes apareció por las mismas leyes de la evolución la predisposición genética a la religiosidad.
 
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