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“Somos nuestro cerebro”, dice el neurólogo colombiano Rodolfo Llinás. “Usted no es más que el comportamiento de un inmenso ensamblaje de sus células nerviosas y de las moléculas asociadas”, escribe el científico inglés Francis Crick, codescubridor de la estructura del ADN. Nuestro cerebro dirige, controla y coordina la totalidad de lo que nos hace animales y de lo que nos hace racionales. No es entonces ninguna sorpresa que el flechazo inicial de Cupido, el idilio romántico del intermedio y el amor perdurable (cuando es eterno) o el declinante (cuando es frágil) sean también estados controlados por neuronas y glándulas en algún recoveco de nuestra calavera.

 
Localización del hipotálamo
(Imagen tomada de Wikipedia) 
 

Pero el hecho de que hayamos aprendido con certeza que en la cabeza ocurren el romance y el amor no quiere decir que ya sepamos a ciencia cierta cómo funcionan. La cosa está lejos de ser sencilla. En el proceso actúa todo un complejo laboratorio de hormonas y neurotransmisores e intervienen por lo menos cinco partes del cerebro: (1) la ínsula, que tiene un importante papel en la experiencia emotiva; (2) la amígdala, que procesa y almacena reacciones emocionales; (3) el hipotálamo, que responde por la coordinación de los sistemas nerviosos y endocrinos y regula apetitos y saciedades; (4) el cerebelo, que integra la percepción sensorial; y (5) los ganglios basales que intervienen en las emociones, la cognición y los movimientos.

Los actores no son los mismos durante toda la película. Los neurotransmisores se encargan del enamoramiento de los primeros años. Para comenzar, la serotonina genera la excitación inicial y el deseo de un posible idilio mientras que la norepinefrina se encarga de sostener el entusiasmo. Una vez encendida la llama, aparece en escena la dopamina, el actor principal —el súper héroe y el súper villano—, el responsable tanto de que podamos disfrutar los placeres del amor como de condicionarnos para que queramos repetirlos. La dopamina es la sustancia que nos enamora, la que nos vuelve adictos a la pareja; sus mecanismos para la pasión son exactamente iguales a los que controlan (¿descontrolan?) las obsesiones por los fármacos, el licor, el juego o la comida.

A partir del tercer año, la fábrica de neurotransmisores disminuye la producción y, si las cosas van por buen camino, el hipotálamo aumenta la elaboración de oxitocina y vasopresina, dos hormonas que favorecen la fidelidad y la monogamia. Este par de sustancias le suben el valor —le dan mayor prioridad— a las caricias y la ternura, en contraposición al fuego ardiente de la pasión; son, como quien dice, las hormonas del apapache mexicano o del arrunche colombiano. Cuando ello ocurre, esto es, cuando el hipotálamo hace bien su trabajo, la pareja permanece. Pero si el hipotálamo se nos queda corto, sin oxitocina ni vasopresina que le den combustible, la relación entra en crisis y se termina.

Anatómicamente el hipotálamo se encuentra justo abajo del tálamo, una estructura neuronal localizada en el centro del cerebro. Los términos “tálamo” e “hipo” provienen ambos del griego; thalamus que significa “alcoba”, hypo que quiere decir “debajo”. Resulta pues que los problemas de alcoba después del tercer año dependen mucho más de lo que sucede debajo del tálamo cerebral, es decir, debajo de su sinónimo craneano, que dentro de la misma alcoba nupcial. Bien puede usted decirle entonces a su pareja insatisfecha: “Lo siento, mi amor, la culpa no es mía sino de mi hipotálamo que se niega a segregar oxitocina”. Y la contraparte podrá entonces contestar: “¿Y qué voy a hacer yo con tanta dopamina?” Seguramente usted pensará pero no se atreverá a decirlo: “Pues te fregaste porque mi dopamina me la estoy gastando por otro lado”.

El resumen anterior es demasiado somero pero el mensaje esencial es sencillo. La emoción y la pasión ocurren acá arriba, no allá abajo. Marnia Robinson, una abogada de Brown y Yale convertida en sexóloga, dice que “lo que usted cree que pasa entre sus piernas, incluida la sensación del orgasmo, sucede mucho más entre sus orejas, en la interacción de unos mensajeros químicos con los receptores a los cuales se conectan”.

En general, yo comprendo bien el asunto. La teoría básica la entiendo. Seguramente Rodolfo Llinás, Francis Crick y Marnia Robinson tienen razón. Pero si hay algo que me deja bastante confundido: Si las cosas del sexo y del amor las maneja todas el cerebro… entonces ¿qué papel vienen a desempeñar el pene y la vagina?

 

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Gustavo Estrada
Autor de HACIA EL BUDA DESDE EL OCCIDENTE