Recientemente dos eventos periodísticos, sin ninguna relación entre sí, han atraído mi atención: El primero, una referencia aislada en una revista norteamericana a una breve columna de Mahatma Gandhi, que yo no conocía, escrita en 1925; el segundo, varias noticias repetitivas de los últimos semestres resaltando las “históricas” utilidades de la banca colombiana. A pesar de su separación geográfica y temática, yo terminé conectando las dos cosas.
La columna de Gandhi apareció originalmente en India Joven, un semanario del cual el líder espiritual fue colaborador y editor por varios años. En este escrito el Padre de la India enumera Los siete pecados sociales (o Los siete errores de la sociedad humana) —riqueza sin esfuerzo, placer sin conciencia, educación sin carácter, negocios sin ética, ciencia sin humanidad, religión sin sacrificio, política sin principios—, una de esas síntesis inspiradas que demandan pocas aclaraciones adicionales. Gandhi se limita a agregar que, para rehuirlos y no caer en ellos, los pecados sociales han de ser sinceramente comprendidos con el corazón y no meramente memorizados por la inteligencia.
Veamos ahora las utilidades de los bancos. Las ganancias de las entidades financieras colombianas son tan enormes que resulta más práctico, como sucede con la capacidad de almacenamiento de los computadores, expresarlas en gigas (miles de millones) o en teras (millones de millones). No son las ganancias totales, sin embargo, las que quiero comentar en esta nota sino la parte substancial de las mismas que es el triste fruto de la riqueza sin esfuerzo y de los negocios sin ética, dos de los siete pecados sociales de Gandhi. Así fue cómo asocié estos dos hechos independientes.
Las inmorales tarifas que los bancos cobran por las transacciones digitales (y que contribuyen de manera importante al tamaño de las “históricas” cifras mayores) carecen de cualquier explicación razonable. Baste con decir que, en general, los bancos en Estados Unidos ofrecen estos servicios sin costo alguno con el fin de atraer clientes hacia los procesos de negocios que constituyen su razón de ser empresarial: recibir depósitos, administrar inversiones y conceder préstamos.
En Colombia, explotando la mina digital, las entidades financieras extrajeron 2.287.800 millones de pesos (2,3 teras) de los bolsillos de casi veinte millones de colombianos durante el año 2009. ¿Cómo lo hicieron y de dónde saqué yo esta cifra? Pues cobrando ominosos cargos por el manejo de las tarjetas crédito y débito, la utilización de los cajeros automáticos y las transacciones ejecutadas a través de Internet.
Según la Superintendencia Financiera, en Colombia hay 16 millones de cuentas de ahorro, un millón y medio de cuentas corrientes y 4,6 millones de tarjetas de crédito. Los usuarios pagan por sus plásticos codificados, como mínimo y respectivamente, 14.400, 78.000 y 84.000 pesos anuales; por este concepto ingresan al sector bancario 733.800 millones de pesos anuales (733,8 gigas). Los ingresos bancarios provenientes del uso de los cajeros automáticos, suponiendo que el costo promedio global de las transacciones (retiros, pagos, consultas) es de dos mil doscientos pesos y que cada usuario efectúa tres transacciones mensuales, llegan a 1.386.000 millones de pesos anuales (casi 1,4 teras).
Para estimar los ingresos bancarios por el uso de Internet, hice tres suposiciones razonables: Que la tarifa promedia de cada transacción es de cuatro mil pesos, que sólo el diez por ciento de los cuentahabientes utilizan los bancos por Internet, y que aquéllos que así lo hacen efectúan dos transacciones mensuales. Los ingresos bancarios por esta línea de negocios llegan entonces a 168.000 millones de pesos (168 gigas).
¿Son exagerados estos cálculos? De ninguna manera. He dejado por fuera, como “colchón de seguridad” a la aseveración central de tarifas inmorales, las transacciones telefónicas, los costos de las referencias bancarias, los cargos por transacciones en el exterior, las tarifas para reemplazo de las tarjetas… Reduzcamos a la mitad los estimados y las entradas anuales de la mina de plata digital todavía sobrepasan un tera —mil millones de millones de pesos—. Por otra parte, como bien puede suceder, si mi quedé corto en mis suposiciones y el desfase del cálculo es por defecto, no existirán adjetivos para calificar la magnitud de estos pecados sociales.
La ética sincera, la “ética del corazón”, poco o nada tiene que ver con sistemas filosóficos, doctrinas políticas o creencias religiosas. Pero si algunos banqueros quisieran de alguna forma subestimar las aseveraciones de Gandhi, sea por su lejanía en el tiempo, por la diferencia cultural o por el idealismo del autor, recordémosles entonces que también la Iglesia Católica estableció sus propios Siete pecados sociales hace apenas dos años. Y estos incluyen, con la misma claridad que los del líder oriental, “no provocarás injusticia social”, “no causarás pobreza” y “no te enriquecerás hasta límites obscenos a expensas del bien común”.
Gustavo Estrada