Medio milenio antes de Cristo, el conocimiento científico, en las pocas civilizaciones de entonces y en casi todas las áreas, estaba en pañales (desnudo puede ser un adjetivo más descriptivo); el conocimiento actual, metafóricamente hablando, no solo anda en traje de gala sino que dispone del más envidiable vestuario. Para el Buda y sus contemporáneos del siglo VI a. C., el centro de la inteligencia y de las emociones estaba en el corazón (no en el cerebro) y el mundo físico giraba alrededor de cuatro elementos —la tierra, el agua, el fuego y el aire— como reflejos de los cuatro atributos de la materia —solidez, cohesión, calor y distensión—. Dos siglos después, durante la era dorada de su filosofía, los griegos, con el sabio Aristóteles (384 a. C.-322 a. C.) a la cabeza, todavía compartían estas apreciaciones.
Muchos fervorosos admiradores del Buda, por la profunda comprensión que tiene este de la naturaleza humana, comparan al Maestro con un médico que diagnostica y receta; un biólogo que estudia, clasifica e intuye la genética; un antropólogo que anticipa la evolución, o un psicólogo que escudriña los rincones de la mente y aconseja. Hay una buena dosis de exageración en todo esto. Los conocimientos de las ciencias naturales de dos milenios atrás, de mínimo rigor académico, difícilmente pueden llamarse científicos. Los tratamientos de salud eran el oficio de los curanderos; la farmacopea, el trabajo de yerbateros; la cura de los trastornados, un asunto de videntes y brujos. Con frecuencia, un solo personaje cubría todos los roles.
No obstante, con alguna flexibilidad y cierto sentido metafórico, es razonable aseverar que varios de los conceptos centrales de las Enseñanzas del Buda están en línea con la visión del universo de científicos y pensadores modernos. Las deficiencias de interpretación y las limitaciones de los métodos de investigación de entonces no le restan brillo al Sabio de Sakya. Ponderando el efecto retardador de los veintitrés siglos de historia que hay entre ellos, me atrevo a comparar a Siddhattha Gotama con Charles Darwin. De acuerdo con uno de sus más grandes admiradores, Richard Dawkins, «mucho de lo que Darwin dijo está, en sus detalles, equivocado… sin embargo, a pesar de ello, hay algo, una esencia de darwinismo, en la cabeza de cada individuo que entiende la teoría». Así como, a pesar de sus imprecisiones, la teoría de la evolución cambia el rumbo de las ciencias naturales, con una tolerancia similar, algunas de las conclusiones del Buda a la luz de la ciencia moderna también son dignas del mayor reconocimiento intelectual.
¿Por qué quiero hacer énfasis en la congruencia entre las Enseñanzas y la ciencia? Porque la veracidad de los principios sobre los cuales se basa cualquier doctrina, sean postulados razonables o hipótesis juiciosas, determina la confiabilidad, la solidez y la seriedad de la doctrina como un todo. Si los fundamentos de un sistema son dudosos o errados, así también serán sus conclusiones. Lo que queremos aseverar aquí es que las Enseñanzas básicas del Buda, gracias a su intuición, su perspicacia y su atenta observación de los fenómenos, están basadas sobre fundamentos ciertos, así ellos no estuvieran científicamente respaldados en la época en que estas fueron concebidas. El enfoque hacia la existencia humana que el Perfecto recomienda en su remota época estaría en línea con lo que muchos investigadores y eruditos concluyen veinticinco siglos después.